En el fondo de un cráter marciano hay diez tubos metálicos del tamaño de un rotulador, depositados uno a uno sobre el suelo en enero de 2023 y fotografiados desde el aire para dejar constancia de su posición exacta. Contienen unos gramos de roca cada uno, sellados herméticamente.
El rover que los dejó ahí lleva otros veinte y pico a bordo. Todos se recogieron para un plan concreto: una campaña de retorno que los traería a la Tierra a comienzos de la década de 2030. Ese plan se paró en 2023 y todavía no ha sido sustituido por otro en firme.
Lo que sigue es el estado real del asunto: por qué se detuvo, qué alternativas se evaluaron, cuánto cuestan y qué ocurre con el material ya sellado mientras alguien decide. Sin previsiones sobre lo que hará un comité, que es lo único que aquí no se puede saber.
El estado de la campaña
- Lo que hay en Marte. Más de treinta tubos sellados, diez de ellos en un depósito en superficie y el resto a bordo del rover.
- Lo que rompió el plan. Una revisión independiente que estimó el coste entre ocho y once mil millones de dólares y la llegada en 2040.
- Las dos alternativas vivas. Un aterrizador con la grúa aérea ya probada o un aterrizador comercial de nuevo desarrollo.
- El ahorro previsto. Bajar a una horquilla de entre cinco mil ochocientos y siete mil setecientos millones.
- Lo que no cambia. Sigue haciendo falta el primer cohete lanzado desde la superficie de otro planeta.
Por qué hay que traerlos y no analizarlos allí
La pregunta es legítima y tiene una respuesta cuantitativa. Los instrumentos que se embarcan en un rover pesan kilos, consumen vatios y tienen que sobrevivir al lanzamiento, al crucero y al aterrizaje. Los que buscan firmas de vida antigua en un laboratorio terrestre ocupan salas enteras, pesan toneladas y se recalibran cada semana.
La diferencia no es de grado. Determinar la relación isotópica del carbono en una inclusión de decenas de micras, distinguir una estructura mineral de origen biológico de otra formada por química ordinaria o datar una roca por desintegración radiactiva exige espectrómetros de masas de sector magnético, microsondas iónicas y microscopios electrónicos que nadie va a miniaturizar hasta caber en un rover.
Hay un segundo argumento, menos técnico y más sólido a largo plazo. Una muestra guardada se puede volver a analizar dentro de treinta años con instrumentos que todavía no existen. El material lunar traído en los años setenta ha respondido en la última década a preguntas que en su momento nadie sabía formular.
Y un tercero: la reproducibilidad. Un resultado extraordinario obtenido por un instrumento único a doscientos millones de kilómetros no se puede verificar de forma independiente. Con material en la Tierra, varios laboratorios de distintos países repiten la medida por métodos distintos, que es como se cierra una discusión.
Qué hay exactamente dentro de los tubos
El rover que trabaja en el cráter lleva cuarenta y tres tubos: treinta y ocho para muestras y cinco testigos, que se abren en Marte sin recoger nada para registrar qué contaminación aporta el propio vehículo. Esa comparación es imprescindible para no confundir un compuesto orgánico marciano con un residuo de fábrica.
Cada tubo se llena con un testigo cilíndrico de roca de alrededor de un centímetro de diámetro y seis de largo, obtenido con una broca hueca, o bien con regolito o con aire. La masa por tubo ronda los quince gramos, y el objetivo del conjunto está en el entorno de medio kilo.
Las muestras cubren la variedad geológica del cráter y de su borde: rocas ígneas del suelo, sedimentos del delta que desembocaba en él, conglomerados con clastos arrastrados desde lejos y material del margen exterior. Esa diversidad es deliberada, porque una campaña de retorno no se juzga por la mejor muestra sino por lo que permite reconstruir del conjunto.
Entre ellas hay una que ha concentrado la atención: un testigo tomado en 2024 de una roca sedimentaria con manchas de borde oscuro y núcleo claro, asociadas a minerales de hierro y fósforo. El equipo la describió como una posible firma biológica, con todas las cautelas, y señaló que distinguir entre un origen biológico y una reacción química ordinaria requiere análisis que solo existen en la Tierra. Es el mejor argumento disponible a favor de traer el material.
El depósito de superficie y por qué existe

En diciembre de 2022 y enero de 2023, el rover depositó diez tubos sobre una zona llana del cráter, separados varios metros entre sí para que un vehículo de recogida pudiera acercarse a cada uno sin pisar los demás. La operación se documentó con imágenes desde el propio rover y desde el helicóptero que lo acompañaba.
Ese depósito no es el plan principal, es el seguro. La idea original era que el rover, si seguía operativo, condujera hasta el aterrizador y le entregara directamente los tubos que lleva a bordo, que son más y de mejor calidad. El depósito cubre el caso de que el rover haya dejado de funcionar cuando llegue la campaña.
La distinción importa porque condiciona el diseño. Si se cuenta con el rover, el aterrizador no necesita vehículos de recogida y la misión se simplifica mucho. Si hay que recoger del suelo, hacen falta helicópteros o un brazo con movilidad, y eso añade masa, riesgo y coste.
El estado de conservación no preocupa demasiado. Los tubos son de titanio, están sellados herméticamente y la superficie marciana es fría y seca. Lo que sí se degrada con los años es la propia oportunidad: cuanto más tarde la recogida, más probable es que el rover ya no esté para ayudar.
Cómo era la arquitectura original

El plan que se venía desarrollando desde 2020 tenía tres piezas y dos agencias.
La primera pieza era un aterrizador de recuperación que llevaría a la superficie un pequeño cohete de dos etapas y de propelente sólido. La segunda, ese cohete, cuyo trabajo consiste en poner un contenedor del tamaño de un balón de baloncesto en órbita marciana, un objetivo que exige del orden de cuatro kilómetros por segundo de cambio de velocidad.
La tercera pieza era un orbitador europeo con un sistema de captura, contención y retorno: localizar el contenedor en órbita, capturarlo, sellarlo dentro de varias capas para garantizar que nada del exterior toque el interior, y traerlo a la Tierra en una cápsula de reentrada sin paracaídas.
Sobre el papel, la secuencia funciona. El problema es que cada eslabón es un primer intento: nunca se ha lanzado nada desde la superficie de otro planeta, nunca se ha hecho una cita orbital autónoma alrededor de Marte y nunca se ha traído material marciano a la Tierra bajo protocolo de contención.
La revisión que paró el mars sample return
En septiembre de 2023, una junta de revisión independiente entregó su informe sobre el mars sample return y fue demoledor sin ser hostil. Su conclusión central era que el programa no tenía una arquitectura, un presupuesto y un calendario que fueran compatibles entre sí.
Las cifras que publicó: un coste de ciclo de vida de entre ocho mil y once mil millones de dólares, frente a los alrededor de cuatro mil que se manejaban, y una fecha de retorno que se iba a 2040 en lugar de 2033. Añadía que el perfil de gasto en los años centrales absorbería una fracción tan grande del presupuesto de ciencia planetaria que dejaría sin recursos a casi todo lo demás.
Ese último punto es el que lo detuvo. No es solo que la campaña fuera cara: es que su coste se comía las misiones a Venus, a las lunas heladas y a los asteroides que la comunidad científica había priorizado en su ejercicio de planificación decenal. Una campaña de retorno que cancela el resto de la exploración planetaria no sale a cuenta ni siquiera para quienes la defienden.
La agencia detuvo el desarrollo, congeló los contratos principales y en abril de 2024 pidió a la industria y a sus propios centros propuestas de arquitectura alternativa. Se encargaron once estudios en paralelo, con un plazo de meses y un mandato explícito: bajar el coste y adelantar la fecha.
Las dos opciones que quedaron en pie
En enero de 2025 se anunció el resultado de esa criba: dos caminos a desarrollar en paralelo durante un tiempo, con la decisión final aplazada. Ambos comparten dos simplificaciones respecto al plan original.
La primera es un cohete de ascenso más pequeño y más simple, con menos capacidad y menos masa. La segunda, sustituir los paneles solares del aterrizador por un generador de radioisótopos, lo que elimina la dependencia de la estación del año, de las tormentas de polvo y de la latitud, y con ello buena parte del riesgo operativo.
| Concepto | Opción de grúa aérea | Opción comercial |
|---|---|---|
| Descenso final | sistema ya usado dos veces en Marte | aterrizador de nuevo desarrollo |
| Riesgo técnico | bajo en la entrada, medio en la escala | alto, sin precedente en Marte |
| Coste estimado | en torno a los siete mil millones | por debajo de los seis mil millones |
| Ventana de retorno | entre 2035 y 2039 | entre 2035 y 2039 |
| Dependencia industrial | cadena de suministro conocida | sujeta al calendario de un tercero |
La primera opción reutiliza la grúa aérea que depositó los dos últimos róveres, un sistema con dos éxitos consecutivos. El inconveniente es que hay que escalarlo: el conjunto que debe posarse es bastante más pesado que un rover, y escalar un sistema de descenso no es un ajuste de parámetros.
La segunda opción apuesta por un aterrizador pesado comercial. El ahorro potencial es mayor y la incertidumbre también, porque ninguna empresa ha posado nada en Marte y el calendario de la campaña quedaría atado al de un programa ajeno.
El cohete que tiene que despegar de Marte
De todas las piezas, la más inédita es el pequeño lanzador que debe salir de la superficie. Nunca se ha encendido un cohete desde otro planeta, y las condiciones no se parecen a nada ensayado en la Tierra.
La gravedad marciana es algo más de un tercio de la terrestre, lo que ayuda, y la atmósfera es tan tenue que apenas frena, lo que también ayuda. A cambio, el vehículo tiene que haber pasado meses a temperaturas que bajan de setenta grados bajo cero, encender sin nadie que supervise la cuenta atrás y hacerlo desde una plataforma que no está nivelada ni anclada.
El diseño manejado emplea propelente sólido en dos etapas, precisamente por eso: un motor sólido no tiene bombas, ni válvulas criogénicas, ni propelentes que se congelen, y aguanta el almacenamiento prolongado mucho mejor que cualquier alternativa líquida. El precio es que no se puede apagar ni regular una vez encendido.
El lanzamiento previsto no es vertical sino asistido: el conjunto se expulsa del aterrizador y enciende ya en el aire, para no dañar la plataforma ni levantar una nube de polvo que contamine la carga. La versión simplificada que ahora se estudia reduce masa y prestaciones, con la contrapartida de una órbita de destino más baja y una cita orbital algo más exigente.
Qué papel le queda a Europa
El orbitador de retorno es la aportación europea principal y es la pieza que menos se ha discutido, entre otras cosas porque estaba más avanzada que el resto. Es una nave grande, con propulsión eléctrica solar y paneles de decenas de metros cuadrados, diseñada para frenar en órbita marciana, esperar, capturar el contenedor y volver.
Europa aporta además el brazo robótico que transferiría los tubos al contenedor sobre la superficie y ha desarrollado buena parte del sistema de contención. Ese reparto viene de un acuerdo de cooperación que precede a la crisis presupuestaria y que ninguna de las dos partes ha roto.
La incomodidad es evidente: un socio que ha construido su parte según el calendario acordado depende ahora de una decisión que no le corresponde. Es el riesgo estructural de los programas espaciales compartidos entre agencias, donde el eslabón más lento marca el ritmo de todos.
La Agencia Espacial Europea ha mantenido la financiación de su parte en sus reuniones ministeriales, con la lógica de que el orbitador tiene valor propio como demostrador de tecnologías de cita orbital autónoma y de retorno a la Tierra a alta velocidad.
El presupuesto, que es donde se decide de verdad
Conviene separar dos cosas que suelen mezclarse. Una es el diseño técnico, que es un problema de ingeniería con soluciones conocidas. Otra es la asignación anual de fondos, que es un proceso político con su propio calendario.
La propuesta presupuestaria del ejecutivo estadounidense para el ejercicio de 2026 planteó directamente la cancelación de la campaña. Una propuesta no es una decisión: el gasto lo aprueba el poder legislativo, que en ocasiones anteriores ha restituido partidas eliminadas en la propuesta inicial. El resultado no está cerrado y aquí no se va a adivinar.
Lo que sí puede afirmarse es la mecánica del problema. Una campaña de este tipo necesita un compromiso plurianual estable, porque su gasto se concentra en un tramo de cinco o seis años y cualquier interrupción encarece el conjunto: los equipos se disuelven, los proveedores se reorientan y volver a arrancar cuesta más que no haber parado.
Esa es la razón por la que los retrasos en programas así no ahorran dinero, sino que lo consumen. Cada año de parón mantiene estructuras mínimas sin producir avance, y esa es una de las lecciones que dejaron los grandes proyectos científicos de las últimas décadas.
La contención, un requisito que nadie ha ensayado
Traer material de un cuerpo donde no se descarta actividad biológica pasada obliga a un régimen de protección planetaria de la categoría más exigente. La regla general es que ninguna partícula marciana no esterilizada puede liberarse en la biosfera terrestre.
Eso se traduce en requisitos muy concretos. La cápsula de reentrada no lleva paracaídas, precisamente porque un paracaídas puede fallar: se diseña para sobrevivir al impacto directo contra el suelo del campo de pruebas. El contenedor se sella dentro del orbitador mediante soldadura, y la capa exterior que estuvo expuesta al polvo marciano se desecha antes del sellado final.
Después hace falta una instalación de recepción con nivel de bioseguridad máximo y, a la vez, con sala limpia de nivel científico. Las dos exigencias tiran en direcciones opuestas: un laboratorio de contención protege el exterior de lo que hay dentro, y una sala limpia protege la muestra del exterior. Una instalación así no existe todavía y su construcción se cuenta en años y en varios cientos de millones.
Este capítulo es también el que fija el calendario mínimo. Aunque mañana se aprobara la arquitectura, la instalación de recepción tendría que estar operativa antes del retorno, y ese plazo es difícilmente comprimible.
Qué pasa si nadie va a buscarlos
Hay tres escenarios sobre la mesa y ninguno implica que los tubos se pierdan.
El primero es que la campaña se apruebe con una de las dos arquitecturas y traiga una parte del material, no todo. Reducir el número de tubos recuperados de treinta a una veintena rebaja masa y complejidad sin sacrificar la diversidad geológica, y aparece en varios de los estudios encargados.
El segundo es que otra agencia llegue antes. El programa chino de retorno de muestras marcianas tiene anunciado un lanzamiento hacia el final de esta década y un retorno a comienzos de la siguiente, con una arquitectura distinta: recoger en el propio lugar de aterrizaje, sin rover de larga travesía ni tubos previos. Traería material propio, no estos.
El tercero es el aplazamiento indefinido, con los tubos esperando a que una misión tripulada o una campaña posterior los recoja. Es el escenario menos satisfactorio y el más probable si el presupuesto no se estabiliza. Los tubos aguantarán: están sellados y el entorno es benigno para el titanio.
Mientras tanto, el rover sigue trabajando y sigue llenando tubos. Esa es la parte del asunto que no depende de ningún comité, y también la razón por la que el conjunto de muestras es hoy más valioso que cuando se aprobó la campaña, según los propios equipos científicos de la NASA que trabajan en la búsqueda de vida pasada en Marte.
Preguntas frecuentes
¿Podría el propio rover llevar las muestras a algún sitio útil?
Solo puede desplazarlas por la superficie, y ya lo hace: su función prevista en el plan es conducir hasta el aterrizador y entregarlas. Lo que no puede es sacarlas de Marte, y ese es el eslabón que no existe todavía.
¿Cuánto material se traería en total?
El objetivo original rondaba el medio kilo repartido en treinta y tantos tubos. Las arquitecturas simplificadas contemplan cifras menores, del orden de veinte tubos, lo que sigue siendo un orden de magnitud más de lo que cualquier instrumento a bordo puede analizar en toda su vida útil.
¿No hay ya meteoritos marcianos en la Tierra?
Hay algo más de trescientos, y han enseñado mucho. Pero llegaron aquí tras ser expulsados por un impacto, viajar millones de años y atravesar la atmósfera, y no se sabe de qué punto de Marte proceden. Una muestra recogida con su contexto geológico documentado responde preguntas que un meteorito no puede responder.
¿Por qué no esperar a que vayan personas?
Porque no hay fecha para eso y porque una tripulación introduce su propia contaminación orgánica, que es justamente lo que estas muestras deben evitar. Recoger material limpio antes de que llegue nadie es un argumento científico habitual en la comunidad que estudia el planeta.
¿El depósito de superficie corre algún riesgo?
Poco. El mayor sería el enterramiento por polvo si pasan muchos años, y por eso su posición está registrada con precisión centimétrica y fotografiada desde varias distancias. Los tubos son de titanio y están sellados; el entorno marciano no los ataca.
Hay una asimetría difícil de defender en este expediente: recoger las muestras costó una fracción del presupuesto y ya está hecho, y traerlas cuesta varias veces más y sigue sin decidirse. Los tubos llevan sellados desde 2021 y no tienen ninguna prisa; la instalación que debe recibirlos ni siquiera ha empezado a construirse.