Doce años, once asteroides y una sola trayectoria

Ninguna sonda ha visitado nunca once cuerpos distintos. La que más se acercó, hace medio siglo, encadenó cuatro planetas aprovechando una alineación que se repite cada ciento setenta y seis años. Aquello fue suerte astronómica bien explotada; esto es otra cosa.

Aquí no hay alineación excepcional. Hay una trayectoria diseñada para rebotar tres veces en la Tierra y cruzar dos veces los enjambres de asteroides que comparten órbita con Júpiter, en un recorrido de doce años que ya lleva un tercio cumplido y que hasta ahora ha ido mejor de lo previsto.

La misión se llama Lucy, por el fósil de homínido, y esa elección de nombre resume su ambición: los troyanos son a la formación planetaria lo que un yacimiento a la paleontología. Este es el diseño de la ruta, el calendario de encuentros y lo que se espera sacar de cada parada.

La misión de un vistazo

  • Lanzamiento. 16 de octubre de 2021, en un Atlas V desde Florida.
  • Objetivos. Once cuerpos: dos en el cinturón principal y nueve entre los troyanos, contando lunas.
  • Duración. Doce años de misión primaria, con el último encuentro previsto para 2033.
  • La maniobra clave. Tres asistencias gravitatorias terrestres, dos de ellas ya ejecutadas.
  • El récord discreto. Es la nave de propulsión solar que llegará más lejos del Sol, a unas cinco unidades astronómicas.

Qué son los troyanos y por qué se quedan ahí

Disco de Júpiter con sus bandas de nubes paralelas y una tormenta ovalada bien visible
sebastien lebrigand from crépy en valois, FRANCE / BY-SA 2.0

En un sistema de dos cuerpos que se orbitan mutuamente existen cinco puntos donde un tercer objeto de masa despreciable puede mantenerse en equilibrio. Dos de ellos, los que forman un triángulo equilátero con el Sol y con el planeta, son estables: un cuerpo colocado allí no se escapa aunque le den empujones moderados.

Júpiter tiene esos dos puntos poblados. Uno va sesenta grados por delante del planeta en su órbita y otro sesenta grados por detrás. Los objetos acumulados en ambas zonas se llaman asteroides troyanos, y se conocen más de doce mil. Las estimaciones de población total, extrapolando a los tamaños que no se detectan, los sitúan en un número comparable al del cinturón principal de asteroides.

Lo interesante no es que estén ahí, sino cómo llegaron. Los modelos dinámicos que mejor reproducen la arquitectura actual del sistema solar incluyen una fase de migración de los planetas gigantes que desestabilizó el disco de planetesimales exterior. Durante esa reorganización, cuerpos que se habían formado mucho más lejos quedaron capturados en los puntos estables de Júpiter.

Si eso es correcto, los troyanos no son asteroides del cinturón que se movieron: son material del sistema solar exterior, pariente de los objetos transneptunianos, guardado en un aparcamiento a cinco unidades astronómicas durante cuatro mil millones de años. Comprobarlo es el objetivo científico central.

Qué hace distinta a la misión Lucy

La misión Lucy pertenece al programa de misiones planetarias de coste medio de la agencia estadounidense, con un tope presupuestario que la obliga a ser una nave modesta. El coste de ciclo de vida ronda los mil millones de dólares, y no lleva ningún instrumento que no se hubiera volado antes.

Lo que la distingue es la trayectoria. En lugar de gastar el presupuesto en llegar a un objetivo y quedarse, lo gasta en visitar muchos y no quedarse en ninguno. Todos los encuentros son sobrevuelos rápidos, a velocidades relativas de entre cinco y nueve kilómetros por segundo, con aproximaciones que rondan los cuatrocientos kilómetros.

Esa elección tiene una consecuencia que conviene entender. Un sobrevuelo devuelve imágenes de una cara y de un instante, más espectros y una medida de masa por el efecto de la gravedad del cuerpo sobre la señal de radio. No devuelve series temporales ni cobertura global. La misión apuesta por la variedad de objetos, no por la profundidad en cada uno.

Y hay una razón para esa apuesta. Los troyanos no son un grupo homogéneo: hay cuerpos rojos muy oscuros, otros menos rojizos, un binario de componentes casi iguales y al menos una familia de fragmentos de una colisión. Visitar uno solo no diría nada sobre el conjunto.

La ruta, tramo a tramo

El diseño de la trayectoria es lo más notable del proyecto desde el punto de vista de la mecánica orbital. La nave no sale hacia Júpiter y vuelve: describe un bucle que la lleva del entorno terrestre al enjambre delantero, de vuelta a la Tierra, y otra vez fuera hacia el enjambre trasero.

La primera asistencia gravitatoria terrestre, en octubre de 2022, elevó el afelio hasta el cinturón principal. La segunda, en diciembre de 2024, la lanzó hacia el enjambre que va por delante de Júpiter. La tercera, prevista para diciembre de 2030, la devolverá hacia el enjambre trasero.

Entre medias, dos ensayos generales en el cinturón principal. El primero fue un asteroide pequeño sobrevolado en noviembre de 2023 a poco más de cuatrocientos kilómetros; el segundo, otro objeto del mismo cinturón, en abril de 2025. Ninguno de los dos formaba parte del plan original: se añadieron al comprobar que la trayectoria pasaba cerca y que servían para probar el sistema de seguimiento en condiciones reales.

Esa práctica no es un detalle menor. El sistema de apuntado tiene que localizar un objeto de pocos kilómetros a gran velocidad relativa y mantener los instrumentos sobre él durante los minutos útiles del encuentro, sin ayuda desde la Tierra por el retardo de la señal. Ensayarlo con objetivos secundarios antes de llegar a los principales es una decisión de ingeniería sensata.

El problema de optimización que hay detrás del bucle

Diseñar una ruta así no consiste en elegir destinos y unirlos. Consiste en buscar, dentro de un catálogo de decenas de miles de cuerpos, un subconjunto que pueda encadenarse con el presupuesto de cambio de velocidad que da el lanzador y con las fechas que impone la mecánica celeste.

El presupuesto es muy corto. Descontadas las tres asistencias gravitatorias, la nave dispone de un margen propio de maniobra de alrededor de dos kilómetros por segundo para toda la misión, repartido en correcciones pequeñas y en dos encendidos de ajuste de trayectoria de cierta entidad. Cada objetivo añadido tiene que caer casi sobre el camino.

Por eso el orden de los encuentros no es negociable. Los dos primeros troyanos se sobrevuelan con cinco semanas de diferencia porque están momentáneamente cerca en el mismo enjambre; los dos siguientes, con siete meses de separación, porque el bucle tarda eso en volver a cruzar la zona. Mover una fecha obligaría a rehacerlo todo.

La búsqueda se hizo con algoritmos de exploración sobre el catálogo completo de troyanos conocidos, evaluando millones de combinaciones de fechas y objetivos. La solución elegida no era la que más cuerpos visitaba, sino la que reunía la mayor diversidad espectral dentro del presupuesto disponible. Es una decisión científica disfrazada de problema de cálculo.

El calendario completo de encuentros

Once cuerpos en once fechas, aunque algunas coinciden porque varios objetivos resultaron tener luna propia.

Fecha Cuerpo Grupo Interés
noviembre de 2023 Dinkinesh y su luna cinturón principal ensayo del sistema de seguimiento
abril de 2025 DonaldJohanson cinturón principal fragmento de una familia colisional joven
agosto de 2027 Eurybates y su luna enjambre delantero único caso de familia colisional entre troyanos
septiembre de 2027 Polymele y su luna enjambre delantero objeto pequeño de tipo primitivo
abril de 2028 Leucus enjambre delantero rotación extraordinariamente lenta
noviembre de 2028 Orus enjambre delantero tipo espectral muy rojo, sin alterar
marzo de 2033 Patroclus y Menoetius enjambre trasero binario de componentes casi iguales

El primer sobrevuelo dio ya una sorpresa que ilustra por qué esta misión tiene sentido. El asteroide de 2023, de menos de un kilómetro, resultó tener un satélite, y ese satélite resultó ser a su vez un binario de contacto: dos cuerpos pegados. Nunca se había visto una configuración así. El asteroide principal muestra además una cresta ecuatorial y una fractura que encajan con una rotación acelerada por presión de radiación hasta el punto de deformarlo.

Once objetivos y cómo se llegó a esa cuenta

La cifra ha ido creciendo, y no por ampliar la trayectoria sino por mirar mejor los objetivos. El plan original hablaba de siete asteroides: un objeto del cinturón principal y seis troyanos.

En 2018, observaciones desde la Tierra durante ocupaciones de estrellas revelaron que uno de los troyanos previstos tenía un satélite pequeño. En 2021, la misma técnica encontró otro alrededor de un segundo objetivo. En 2023, el sobrevuelo de ensayo añadió dos cuerpos más. El resultado es once.

La técnica que sirvió para encontrar esas lunas merece una nota. Cuando un asteroide pasa por delante de una estrella, su sombra recorre la superficie terrestre; midiendo desde varios puntos cuánto dura la desaparición de la estrella en cada uno se reconstruye la silueta del cuerpo. Es un trabajo en el que participan observadores aficionados con telescopios modestos y ha resultado decisivo para preparar los encuentros, un ejemplo más de la contribución de la observación amateur.

Conviene añadir que la cuenta puede volver a crecer. Cada objetivo se observa intensamente desde la Tierra en los meses previos al encuentro, y cada campaña de ocultaciones es una oportunidad de encontrar otro satélite.

Los cuatro instrumentos y qué mide cada uno

La carga científica es deliberadamente conservadora: todo son versiones de instrumentos ya volados en otras misiones, lo que reduce riesgo y coste.

La cámara de alta resolución es una versión de la que fotografió Plutón en 2015. Es pancromática, sin filtros de color, y proporciona la resolución espacial máxima del conjunto: en el encuentro más cercano permite distinguir detalles de decenas de metros.

El segundo instrumento reúne una cámara en color y un espectrómetro de imagen en el infrarrojo cercano. El color separa tipos de superficie; el espectro busca las bandas de absorción del hielo de agua, de los silicatos hidratados y de los compuestos orgánicos, que son las firmas que dirán si estos cuerpos se parecen a los del sistema solar exterior.

El tercero es un espectrómetro de emisión térmica que mide la temperatura de la superficie a distintas horas locales. De ahí sale la inercia térmica, y de la inercia térmica se deduce si el terreno es polvo suelto, regolito grueso o roca desnuda, algo que ninguna imagen resuelve por sí sola.

El cuarto no es un instrumento sino el propio enlace de radio. La deflexión de la trayectoria al pasar cerca del asteroide se mide en el desplazamiento Doppler de la señal, y de ahí sale la masa. Con la masa y el volumen deducido de las imágenes se obtiene la densidad, que es el dato que más dice sobre porosidad y estructura interna.

El panel solar que no terminó de abrirse

Despegue nocturno de un cohete Atlas V con la columna de llama iluminando la torre de lanzamiento

Los dos paneles solares son circulares, de siete metros y treinta centímetros de diámetro cada uno, y suman más de cincuenta metros cuadrados. Ese tamaño no responde a un consumo elevado sino a la distancia: a cinco unidades astronómicas del Sol, la luz que llega es una veinticincoava parte de la que recibe la Tierra.

El despliegue se hizo pocas horas después del lanzamiento, y uno de los dos paneles no completó el movimiento. Quedó abierto en torno al noventa y ocho por ciento y sin enclavar el pestillo que lo fija en posición. El motivo más probable, según el análisis del equipo, fue un problema en el cable de tracción del mecanismo.

Durante 2022 y 2023 se intentó varias veces terminar el despliegue accionando simultáneamente el motor principal y el de reserva. El panel ganó rigidez pero nunca llegó a enclavar. Finalmente se decidió dejarlo así: genera prácticamente toda la potencia prevista y se considera lo bastante rígido para soportar los encendidos del motor principal.

Es un desenlace instructivo. Un fallo mecánico sin remedio no equivale a una misión comprometida cuando el margen de diseño era suficiente, y la decisión de no seguir forzando el mecanismo evitó el riesgo de romper lo que funcionaba.

Qué se espera aprender de cada tipo de troyano

Los objetivos no se eligieron por accesibilidad sino por diversidad, y cada uno responde a una pregunta distinta.

Uno de ellos es el mayor miembro de la única familia colisional identificada entre los troyanos: un conjunto de cuerpos que proceden de la rotura de un cuerpo mayor. Sobrevolarlo permite mirar el interior de un troyano sin perforarlo, porque la superficie que se ve es material que estuvo dentro.

Otro tiene un periodo de rotación extraordinariamente largo, de varios cientos de horas, y una forma muy alargada. Las rotaciones lentas son difíciles de explicar y suelen indicar una historia de colisiones o una estructura interna peculiar.

Un tercero es de los objetos más rojos del grupo, con un espectro plano y sin bandas evidentes, típico del material procesado por radiación durante miles de millones de años. Comparar su superficie con la de un miembro de la familia colisional, que expuso material fresco hace relativamente poco, permite separar lo que es composición original de lo que es envejecimiento superficial.

Y el último encuentro es un binario de dos cuerpos de tamaño parecido, en torno a cien kilómetros cada uno, orbitándose a una distancia moderada. Los binarios de este tipo son frágiles: no habrían sobrevivido a la densidad de colisiones del cinturón principal. Su existencia es en sí misma un argumento a favor de que estos cuerpos se formaron en un entorno menos poblado, más lejos, tal y como sugieren los modelos de formación del sistema solar exterior.

Los nombres, y por qué no son un detalle decorativo

La misión se llama como el esqueleto de homínido hallado en Etiopía en 1974, que cambió la comprensión de la evolución humana. Los troyanos que visita llevan nombres de la Ilíada, siguiendo la convención que la Unión Astronómica Internacional aplica a este grupo desde hace más de un siglo: los del enjambre delantero, nombres del bando griego; los del trasero, del bando troyano.

El asteroide sobrevolado en 2023 recibió el nombre amárico con que se conoce a aquel fósil en Etiopía, y su luna el de otro esqueleto encontrado en la misma región. El segundo objetivo del cinturón principal lleva el apellido del paleoantropólogo que dirigió la excavación.

La analogía está bien elegida y explica el argumento científico mejor que una descripción técnica. Un fósil no es un ser vivo: es un resto que conserva información sobre un estado anterior. Los troyanos no son planetas, son planetesimales que nunca llegaron a acumularse en uno, guardados en un lugar donde no les ha pasado casi nada desde entonces.

La nave lleva además una placa con textos de personas del siglo XX, colocada pensando en que quedará en órbita solar durante cientos de miles de años recorriendo su bucle. Es un gesto simbólico, y también un recordatorio de que esta trayectoria no termina cuando termine la misión.

Lo que no va a resolver

Hay tres límites que conviene tener presentes antes de esperar demasiado del calendario de encuentros.

El primero es el que impone el sobrevuelo. Sin órbita no hay mapa global, no hay seguimiento de cambios y no hay medida fina del campo gravitatorio. La masa se obtiene con una incertidumbre razonable pero no comparable a la de un orbitador.

El segundo es de muestreo. Once cuerpos suenan a muchos y son una fracción minúscula de una población que se cuenta por decenas de miles. Si los troyanos son tan variados como sugieren las observaciones desde tierra, siete objetos principales pueden no bastar para cerrar la cuestión del origen.

El tercero es de composición. Los espectros de sobrevuelo identifican familias de compuestos, no moléculas concretas ni proporciones isotópicas. La comparación definitiva con los objetos del sistema solar exterior exigiría material en un laboratorio terrestre, y no hay ninguna misión de retorno de muestras de troyanos ni siquiera en fase de estudio avanzado. La agencia responsable, la NASA, mantiene públicos los datos de cada encuentro conforme se procesan.

Preguntas frecuentes

¿Por qué tarda doce años si Júpiter está a cinco unidades astronómicas?

Porque no va a Júpiter, va a dos zonas separadas por ciento veinte grados a lo largo de su órbita. Alcanzar la primera y después la segunda obliga a volver hacia el interior del sistema, recibir otra asistencia gravitatoria terrestre y salir de nuevo. Ese rodeo es lo que ocupa la mayor parte del calendario.

¿Podría visitar más objetivos después de 2033?

La trayectoria queda en un bucle estable entre la órbita terrestre y la de Júpiter, así que volverá a cruzar los enjambres periódicamente. Una extensión de misión dependería del estado de la nave, del propelente restante y de que algún objeto quede dentro del alcance de las maniobras disponibles. Se ha planteado, no está aprobado.

¿Los troyanos suponen algún riesgo para la Tierra?

No. Están en órbitas estables a la distancia de Júpiter y no cruzan la órbita terrestre. Los objetos que preocupan en ese sentido son otros y se vigilan con programas específicos de seguimiento de asteroides cercanos, que no tienen nada que ver con esta misión.

¿Cuánto dura realmente cada encuentro?

La fase de máxima resolución se cuenta en minutos, y la ventana completa de observación útil, en horas. La nave llega, gira para mantener los instrumentos apuntados mientras el objeto pasa de largo y después dedica días a transmitir lo grabado. La preparación de cada uno de esos minutos ocupa meses de trabajo previo.

¿Por qué usa paneles solares y no un generador nuclear a esa distancia?

Porque el combustible de los generadores de radioisótopos es escaso y se reserva para misiones que no tienen alternativa. A cinco unidades astronómicas la energía solar todavía es viable si se aceptan paneles muy grandes, y esta misión demostró que el límite práctico está más lejos de lo que se suponía.

Lo más revelador de este proyecto hasta ahora ha ocurrido en los dos ensayos que ni siquiera estaban en el plan. Un asteroide de menos de un kilómetro con una luna doble no figuraba en ninguna previsión, y los objetivos principales, que son cien veces mayores y mucho más antiguos, todavía no han empezado.