DAVINCI, VERITAS y EnVision: tres misiones y un solo planeta

Venus lleva treinta años sin recibir una nave dedicada. La última cartografió el noventa y ocho por ciento de la superficie con un radar y se dejó caer en la atmósfera en 1994. Desde entonces han pasado por allí sondas de camino a otros sitios, que aprovecharon el sobrevuelo para tomar datos, y poco más.

Ese paréntesis se cierra con tres misiones aprobadas casi a la vez en 2021, dos por la agencia estadounidense y una por la europea. Reparten el trabajo de una forma que parece coordinada y que en realidad es el resultado de tres propuestas independientes que compitieron en convocatorias distintas.

Aquí se ponen las tres en la misma columna: qué mide cada una, dónde se solapan, qué preguntas quedan fuera del alcance de las tres juntas y por qué los calendarios publicados hay que leerlos con precaución.

De un vistazo

  • La que baja. Una sonda estadounidense suelta una esfera que atraviesa la atmósfera durante una hora tomando muestras y fotografiando el terreno.
  • La que cartografía. Un orbitador estadounidense con radar y espectrómetro para levantar topografía y composición del planeta entero.
  • La que ausculta. Un orbitador europeo con radar regional, sondeador de subsuelo y espectroscopía de la atmósfera.
  • El solape. Los dos orbitadores llevan radar y cartógrafo de emisividad infrarroja, con resoluciones y coberturas distintas.
  • El calendario. Los tres lanzamientos apuntan a la próxima década y las fechas se han revisado ya varias veces.

Tres agencias, un planeta y una laguna de treinta años

Venus es el cuerpo más parecido a la Tierra en tamaño, masa y densidad, y el que más se aleja de ella en todo lo demás. La superficie está a unos 465 grados, la presión ronda las noventa y dos atmósferas y el aire es dióxido de carbono casi puro con nubes de ácido sulfúrico a decenas de kilómetros de altura.

La pregunta que sostiene el interés no es cómo llegó a ese estado, sino cuándo. Si Venus tuvo agua líquida en superficie durante miles de millones de años y la perdió tarde, entonces un planeta del tamaño de la Tierra en la zona templada de su estrella puede acabar así, y eso afecta directamente a cómo se interpretan los exoplanetas rocosos que se están catalogando.

Hay un indicio conocido desde hace décadas que apunta a un océano perdido: la proporción entre deuterio e hidrógeno en la atmósfera venusiana supera en más de cien veces la terrestre. El hidrógeno ligero escapa con más facilidad que su isótopo pesado, así que un exceso tan grande de deuterio delata una cantidad enorme de agua evaporada y perdida al espacio.

El problema es que esa cifra por sí sola no fecha nada. Hacen falta las proporciones de gases nobles, que no reaccionan químicamente y conservan la memoria de la formación del planeta y de lo que llegó después. Nadie las ha medido con la precisión necesaria, y de ahí sale buena parte del diseño de estas misiones.

El radar de los años noventa dejó tres preguntas abiertas

La misión que cartografió Venus a comienzos de los noventa trabajó con un radar de apertura sintética y obtuvo imágenes de unos cien a trescientos metros de resolución sobre casi toda la superficie, además de un modelo topográfico grueso. Fue un salto enorme y sigue siendo la base de casi todo lo que se sabe del relieve.

Dejó, sin embargo, tres asuntos sin cerrar. El primero es si el planeta está geológicamente activo hoy. Una reinterpretación de aquellas imágenes publicada en 2023 identificó un respiradero volcánico que había cambiado de forma entre dos pasadas separadas por meses, lo que apunta a actividad, aunque un caso aislado no zanja la cuestión.

El segundo son las tesserae, terrenos elevados y muy deformados que cubren una fracción apreciable de la superficie y que parecen las rocas más antiguas del planeta. Si su composición fuera parecida a la de los continentes terrestres, harían falta agua y reciclado de corteza para formarlas, y eso reforzaría la hipótesis del océano.

El tercero es el reloj. La distribución de cráteres en Venus es casi aleatoria y hay muy pocos, lo que se ha interpretado como que la superficie entera se renovó en un episodio relativamente reciente en términos geológicos. Distinguir entre un resurfacing catastrófico y una renovación continua exige medidas que aquel radar no podía dar.

Las tres misiones a Venus, en una sola tabla

Antes de entrar en cada una conviene tener el reparto delante. Las tres misiones a Venus previstas atacan capas distintas del mismo objeto.

Aspecto Sonda de descenso Orbitador cartográfico Orbitador europeo
Agencia estadounidense estadounidense europea, con aportaciones externas
Arquitectura nave de sobrevuelo más esfera de descenso orbitador polar orbitador cuasi polar tras aerofrenado
Objetivo principal química de la atmósfera in situ topografía y composición globales procesos activos en zonas seleccionadas
Cobertura una columna atmosférica y una región prácticamente todo el planeta regional y dirigida
Duración útil una hora de descenso, más sobrevuelos previos varios ciclos venusianos en órbita varios ciclos en órbita
Ve el subsuelo no solo lo que insinúa la gravedad sí, con sondeador de radar

Leída así, la complementariedad es evidente. Una mide la atmósfera por dentro, otra levanta el mapa completo y la tercera se acerca a los sitios que las dos primeras señalen como interesantes. El orden en que lleguen importa, y no está garantizado.

DAVINCI cae durante una hora y mide mientras cae

Sonda esférica de descenso con su escudo térmico preparada para atravesar una atmósfera densa
Authors of the study: Richard French, Christophe Mandy, Richard Hunter, Ehson Mosleh, Doug / BY 4.0

La arquitectura de la misión estadounidense de descenso tiene dos partes. Una nave de sobrevuelo hace dos pasadas por Venus tomando imágenes en ultravioleta y en infrarrojo, y en una tercera aproximación libera una esfera de titanio de alrededor de un metro de diámetro.

Esa esfera entra en la atmósfera, se frena, despliega un paracaídas y desciende durante aproximadamente una hora. Durante ese trayecto aspira aire a distintas alturas y lo analiza con un espectrómetro de masas y un espectrómetro láser sintonizable, la combinación que permite medir gases nobles y sus isótopos con la precisión que nadie ha alcanzado hasta ahora.

Lleva además un paquete para caracterizar la estructura atmosférica —presión, temperatura, viento— y una cámara que empieza a fotografiar cuando la sonda sale por debajo de la capa de nubes, a unas decenas de kilómetros del suelo. Esas imágenes cubren una región de terreno elevado y deformado, elegida precisamente por ser del tipo que interesa fechar.

Un detalle que suele malinterpretarse: la esfera no está diseñada para sobrevivir en la superficie. Si transmite algo tras el impacto será un extra, no un objetivo. Toda la ciencia se obtiene durante la caída, y eso convierte esa hora en la ventana más ajustada de las tres misiones.

VERITAS mira el planeta entero desde arriba

El segundo proyecto estadounidense es un orbitador clásico con dos instrumentos principales y un tercero que no ocupa espacio.

El primero es un radar interferométrico de apertura sintética que produce imágenes de unas decenas de metros de resolución y, sobre todo, un modelo topográfico global mucho mejor que el disponible: se habla de un orden de magnitud de mejora en horizontal y de varios en vertical. La topografía es la base de cualquier interpretación geológica seria, y la actual sigue siendo la de los noventa.

El segundo es un cartógrafo de emisividad que aprovecha unas pocas ventanas estrechas del infrarrojo cercano por las que la atmósfera deja escapar radiación del suelo. Con ellas se puede distinguir, de forma aproximada, entre rocas basálticas y materiales más félsicos, que es justo la discriminación que las tesserae exigen.

El tercero es la propia señal de radio de la nave. Siguiendo su frecuencia desde tierra con precisión se reconstruye el campo gravitatorio, y de ahí se deducen espesores de corteza y la respuesta del planeta a las mareas del Sol, que a su vez informa sobre el estado del interior. No lleva hardware adicional, solo una antena y mucho tiempo de seguimiento.

Esta misión ha sufrido el retraso más visible de las tres. En 2022 y 2023 la agencia la aparcó por problemas institucionales ajenos al proyecto y su ventana se desplazó varios años. La información oficial del programa es el único sitio donde conviene comprobar el estado vigente.

EnVision se acerca a unas pocas zonas y escucha debajo

La misión europea eligió el camino contrario al de la cobertura global. Su radar principal trabaja en banda S, con resolución de unas decenas de metros en modo regional y capacidad de afinar más en objetivos concretos, pero no pretende cubrir el planeta entero.

La decisión tiene sentido si se piensa en qué se busca. Para detectar cambios en la superficie hace falta volver al mismo sitio con la misma geometría de observación varias veces, y eso consume tiempo de órbita que no se puede dedicar a barrer terreno nuevo. Es un diseño orientado a procesos, no a inventario.

Lo que la distingue de verdad es el sondeador de subsuelo, un radar de baja frecuencia capaz de penetrar cientos de metros en materiales secos. Ningún instrumento ha mirado nunca por debajo de la superficie de Venus, y esa capa oculta es la que puede distinguir entre coladas superpuestas recientes y estructuras antiguas enterradas.

Completa la carga un conjunto de espectrómetros que trabajan a la vez sobre el suelo y sobre la atmósfera, midiendo la emisividad en las mismas ventanas infrarrojas y la abundancia de compuestos de azufre y agua por encima y dentro de las nubes. Ahí es donde encajaría, si se confirmase alguna vez, el rastro de aquel anuncio de 2020 sobre una molécula en las nubes que sigue sin resolverse.

Un rasgo operativo importante: la nave llega a una órbita muy elíptica y necesita más de un año de aerofrenado, rozando repetidamente las capas altas de la atmósfera, para circularizarla. Es una maniobra larga, delicada y con desgaste, y forma parte del riesgo del proyecto. La agencia responsable publica el estado de adopción y el perfil de misión.

El reparto real entre atmósfera, superficie y subsuelo

Puesto en capas, el reparto queda más claro que por misión.

Capa Quién la mide Con qué
Nubes y atmósfera alta orbitador europeo y sobrevuelos de la sonda espectroscopía ultravioleta e infrarroja
Columna atmosférica completa sonda de descenso muestreo directo con espectrómetros
Superficie, cobertura global orbitador cartográfico radar de apertura sintética y emisividad
Superficie, detalle regional orbitador europeo radar dirigido con pasadas repetidas
Primeros cientos de metros de subsuelo orbitador europeo sondeador de radar de baja frecuencia
Interior profundo ambos orbitadores gravimetría por seguimiento de radio

Queda una capa sin cubrir, y es la más difícil: la superficie tocada durante días o semanas. Ninguna de las tres misiones se posa. Los proyectos de módulos de larga duración en Venus dependen de electrónica capaz de trabajar a más de cuatrocientos grados, una línea de desarrollo real pero todavía lejos de una misión aprobada.

Dónde se solapan los dos orbitadores

El solape existe y conviene nombrarlo sin dramatizarlo. Ambos orbitadores llevan radar de apertura sintética y ambos llevan un cartógrafo de emisividad basado en las mismas ventanas del infrarrojo cercano; de hecho, los dos instrumentos ópticos comparten linaje técnico y equipos de desarrollo.

La diferencia está en cómo se usan. Uno persigue cobertura homogénea de todo el planeta con una geometría estable, para producir un mapa; el otro persigue repetición sobre puntos concretos, para producir una comparación en el tiempo. Un mismo instrumento en dos estrategias distintas da resultados que no se sustituyen entre sí.

Hay además una dependencia práctica poco comentada. Si el orbitador cartográfico llega primero, sus mapas globales sirven para elegir los objetivos regionales del europeo, y el conjunto rinde mucho más. Si el orden se invierte, la misión regional tendrá que elegir sus blancos con la cartografía de los años noventa.

Eso convierte los retrasos en algo más que una molestia de calendario. El valor científico combinado de las tres depende de la secuencia, y la secuencia depende de decisiones presupuestarias que se toman en tres sistemas políticos distintos y sin coordinación formal.

El vulcanismo activo, la pregunta que las tres comparten

Si hay una cuestión que las tres misiones abordan por caminos distintos, es si Venus está vivo hoy. Cada una aporta un tipo de evidencia diferente, y ninguna basta por sí sola.

La sonda de descenso lo ataca por química. Ciertos gases traza tienen vidas cortas en la atmósfera venusiana y su presencia en cantidades apreciables implica una fuente reciente, con el vulcanismo como candidato principal. Medir bien esas abundancias es una prueba indirecta pero potente.

El orbitador cartográfico lo ataca por composición y calor. Una colada reciente y sin alterar tiene una firma de emisividad distinta de la de una superficie expuesta durante mucho tiempo a una atmósfera corrosiva, y esa diferencia se puede cartografiar globalmente.

El orbitador europeo lo ataca por cambio. Si vuelve al mismo sitio con la misma geometría y algo se ha movido, la evidencia es directa. Es también la más exigente en tiempo de misión, porque los cambios pueden tardar años en producirse donde se está mirando.

La comparación con la Tierra da la medida de la ignorancia actual. En nuestro planeta el vulcanismo se contabiliza en erupciones por año; en Venus ni siquiera se sabe si el número es cero o cientos. Cerrar ese rango cambiaría también cómo se modela el acoplamiento entre interior y clima en un planeta rocoso.

Las tesserae y la hipótesis del océano perdido

Imagen de radar de terreno venusiano muy plegado con crestas cruzadas en varias direcciones
Kevin Gill from Los Angeles, CA, United States / BY 2.0

Las tesserae ocupan alrededor de una séptima parte de la superficie y son, con diferencia, el terreno más deformado del planeta. Aparecen como bloques elevados y muy plegados, cortados en varias direcciones, y todo indica que son anteriores a las llanuras volcánicas que las rodean.

La hipótesis fuerte es que estén hechas de rocas parecidas a los granitos terrestres. Formar ese tipo de material exige, en la Tierra, agua y un proceso de reciclado de corteza. Si en Venus también, entonces hubo agua abundante y durante mucho tiempo, y el planeta seco de hoy sería el final de una historia, no su punto de partida.

La hipótesis débil es que sean basaltos muy alterados y deformados por procesos que no requieren agua. Nada de lo observado hasta ahora permite descartarla, y la discusión lleva décadas sin resolverse porque la medida decisiva —la composición— no se ha hecho.

Por eso las tres misiones apuntan a ese terreno. La sonda de descenso fotografía uno de esos bloques desde muy cerca durante su caída, el orbitador cartográfico mide su emisividad globalmente y el europeo puede mirar debajo. Es el único caso en el que las tres coinciden sobre el mismo objetivo, y no por casualidad.

Calendarios, retrasos y lo que eso cambia

Las fechas publicadas para las tres apuntan a la primera mitad de la próxima década, y las tres se han movido al menos una vez desde la selección. Conviene tratarlas como estimaciones sujetas a revisión y no como compromisos.

Las ventanas de lanzamiento hacia Venus se abren cada diecinueve meses aproximadamente, así que un retraso rara vez cuesta unos meses: cuesta un ciclo entero. Ese es el motivo de que un problema presupuestario menor pueda desplazar una misión casi dos años.

Hay además dos proyectos de otras agencias con calendarios menos definidos, uno indio y otro ruso, y al menos una iniciativa privada de sonda pequeña. Mencionarlos es honesto; contar con ellos para planificar, no. Ninguno tiene el respaldo institucional de los tres principales.

La consecuencia razonable para quien siga el asunto es no atarse a fechas. Lo que se puede afirmar con seguridad es qué medirá cada instrumento y qué pregunta cerrará, y eso no cambia aunque el lanzamiento se mueva. El resto es contabilidad pública, y la contabilidad pública se revisa cada año.

Preguntas frecuentes

¿Por qué se aprobaron tres misiones casi a la vez?

Por acumulación. Las propuestas para volver a Venus llevaban dos décadas presentándose a convocatorias competitivas sin salir elegidas, y varios equipos habían madurado sus diseños durante ese tiempo. Cuando el interés cambió, había proyectos listos y bien fundamentados en tres programas distintos, que resolvieron sus selecciones con pocos meses de diferencia.

¿Alguna de las tres busca vida?

Ninguna lleva un detector de vida. Lo que sí hacen es medir con precisión la química de las nubes, incluidos los compuestos de azufre y el vapor de agua, que es el contexto en el que habría que interpretar cualquier anomalía. La distinción importa: caracterizar un entorno no es lo mismo que buscar un organismo.

¿Se puede aterrizar en Venus con la tecnología actual?

Se puede llegar y funcionar un rato. Las sondas soviéticas de los años setenta y ochenta lo hicieron y transmitieron entre unos minutos y algo más de dos horas antes de sucumbir al calor. Durar semanas exige electrónica de alta temperatura, una línea de investigación activa que todavía no ha producido una misión aprobada.

¿Qué aportaron las sondas que solo pasaron de camino a otro sitio?

Más de lo esperado. Varias naves con destino a Mercurio o al Sol usaron Venus para ganar o perder energía orbital y aprovecharon el paso para observar las nubes y la atmósfera alta con instrumentos que no estaban pensados para eso. Son datos valiosos, pero de cobertura y duración muy limitadas.

¿Cambiaría algo si una de las tres se cancela?

Bastante, porque cada una cubre una capa distinta. Sin la sonda de descenso no habría medidas de gases nobles y la historia del agua seguiría sin fecha. Sin el orbitador cartográfico faltaría la topografía moderna sobre la que apoyar todo lo demás. Y sin el europeo, nadie miraría bajo la superficie ni buscaría cambios repetidos.

El interés real de este trío no está en volver a un planeta desatendido, sino en una pregunta que se responde en otro sitio. Si Venus fue habitable durante miles de millones de años y dejó de serlo, entonces la frontera de la zona templada alrededor de una estrella se vuelve mucho más borrosa de lo que sugieren los catálogos, y eso afecta a la lectura de cada mundo rocoso que aparece en la lista de destinos plausibles.