Un fotómetro de bolsillo apuntado al cénit desde una plaza de Madrid marca alrededor de 17 o 18 unidades en su escala. El mismo aparato, en un cortijo de la sierra a dos horas de allí, se acerca a 21,5. Entre ambas lecturas hay poco más de tres números, y sin embargo hay un factor de veinte o treinta en el brillo del fondo del cielo.
La escala es logarítmica, y esa es la primera trampa de este asunto. La segunda es que casi todo el debate público se hace con adjetivos —cielo bueno, cielo malo— cuando existe un número medible, un procedimiento reconocido para obtenerlo y un cuerpo normativo español que lleva décadas regulando lo que se puede emitir hacia arriba.
Lo que sigue explica cómo se toma esa medida sin que salga un valor inútil, qué dicen las normas estatales y autonómicas, en qué se diferencia una reserva certificada de una zona legalmente protegida y qué decisiones concretas caben en un pleno municipal.
Antes de empezar
- La unidad. Magnitudes por segundo de arco al cuadrado. Cuanto mayor es el número, más oscuro está el cielo.
- Los extremos. Un cielo natural sin intervención humana ronda las 21,8 unidades; un centro urbano se queda entre 17 y 18.
- El aparato. Un fotómetro de mano cuesta lo que un ocular decente y da una cifra comparable si se sigue el protocolo.
- La norma. Un reglamento estatal de 2008 clasifica el territorio en cuatro zonas y limita el flujo que escapa hacia el hemisferio superior.
- La confusión habitual. Una certificación turística de cielo oscuro no protege legalmente nada por sí sola.
Un número por segundo de arco cuadrado
El brillo del fondo del cielo se expresa en magnitudes por segundo de arco al cuadrado, que suena peor de lo que es. Significa: cuánta luz llega desde un pedacito de cielo del tamaño de un segundo de arco de lado, expresada en la escala de magnitudes que la astronomía arrastra desde la Antigüedad.
Esa escala es inversa y logarítmica. Un número más alto indica menos luz, y cinco unidades de diferencia equivalen a un factor cien. Una sola unidad equivale a un factor de aproximadamente 2,5. De ahí que pasar de 20,5 a 21,5 en un emplazamiento, que parece un cambio menor escrito así, signifique reducir el fondo a menos de la mitad.
Existe un suelo que no se puede bajar. Aunque se apagaran todas las luces del planeta, el cielo nocturno seguiría emitiendo por cuenta propia: la luminiscencia atmosférica de las capas altas, la luz zodiacal dispersada por el polvo interplanetario y la suma de las estrellas débiles no resueltas. Ese fondo natural se sitúa en torno a 21,8 o 22 unidades en el visible, y varía con el ciclo solar y con la posición de la Vía Láctea.
Las escalas con las que se mide la contaminación lumínica
Hay tres formas de poner número a la contaminación lumínica y las tres conviven, porque miden cosas distintas y ninguna sustituye a las otras.
| Escala | Qué mide | Cómo se obtiene | Punto débil |
|---|---|---|---|
| Magnitud por segundo de arco cuadrado | brillo del fondo del cielo en una banda concreta | fotómetro calibrado apuntado al cénit | depende del filtro y de la banda del sensor |
| Escala Bortle, de 1 a 9 | calidad global del cielo percibida por un observador | lista de comprobación visual sobre el terreno | subjetiva y dependiente de la vista de cada uno |
| Radiancia desde satélite | luz que sale de la superficie hacia arriba | sensor en órbita polar, pasada nocturna | ciega al azul y no mide lo que ve un observador |
La primera es la que sirve para comparar sitios y vigilar tendencias, porque la produce un instrumento. Las otras aportan contexto: la escala visual describe la experiencia, y la medida orbital cubre territorios donde nadie va a poner un fotómetro.
Un apunte que evita disgustos: los números de dos aparatos con bandas espectrales distintas no son intercambiables, y pueden discrepar en dos o tres décimas sobre el mismo cielo. En una serie larga, lo decisivo es no cambiar de aparato a mitad de camino.
La escala Bortle y sus límites como herramienta
La clasificación visual en nueve clases se publicó a comienzos de este siglo en una revista divulgativa y se popularizó porque no requiere comprar nada. Cada clase se describe con indicios observables: si se ve la luz zodiacal, si la Vía Láctea proyecta sombra, si las nubes en el horizonte aparecen iluminadas por abajo.
Funciona bien para dar a un observador una idea rápida del sitio donde está, y mal para lo que se le pide a menudo, que es sustituir una medida. Dos personas expertas pueden discrepar en una clase entera sobre el mismo cielo, y la escala no detecta un empeoramiento del diez por ciento de un año al siguiente. La correspondencia que sigue circula en manuales, pero no es una equivalencia oficial.
| Clase visual | Descripción resumida | Fondo aproximado |
|---|---|---|
| 1 y 2 | cielo natural, luz zodiacal evidente | por encima de 21,7 |
| 3 y 4 | rural con resplandor en el horizonte | entre 21,7 y 20,4 |
| 5 y 6 | periurbano, Vía Láctea débil o ausente | entre 20,4 y 19,1 |
| 7 y 8 | urbano, solo estrellas brillantes | entre 19,1 y 18,0 |
| 9 | centro de ciudad | por debajo de 18,0 |
Cómo se toma una medida que sirva para algo

El protocolo importa más que el aparato. Una serie tomada de cualquier manera produce dispersión suficiente para ocultar cualquier tendencia real, y ese es el error más común entre quienes empiezan.
- Elegir una noche sin Luna sobre el horizonte y comprobar la fase con antelación. La Luna llena puede degradar la lectura en varias unidades.
- Esperar al final del crepúsculo astronómico, cuando el Sol está más de dieciocho grados por debajo del horizonte.
- Verificar que el cielo está despejado. Las nubes oscurecen un cielo rural y disparan el brillo en zonas iluminadas, así que mezclarlas arruina la serie.
- Situarse lejos de farolas, ventanas y superficies claras iluminadas. La luz directa sobre el sensor invalida la toma.
- Dejar el aparato estabilizarse a la temperatura ambiente durante unos minutos y anotar esa temperatura.
- Apuntar al cénit y tomar al menos cinco lecturas consecutivas, quedándose con la mediana.
- Registrar coordenadas, hora en tiempo universal, temperatura, fase lunar y modelo del aparato. Sin metadatos, la medida no es reutilizable.
- Repetir en las mismas condiciones a lo largo del año, porque el fondo natural varía con la estación y con la orientación de la Vía Láctea.
Una advertencia sobre el teléfono móvil: las aplicaciones que estiman el brillo con la cámara dan resultados poco fiables, porque el procesado de imagen ajusta la exposición y el balance por su cuenta. Sirven para hacerse una idea, no para sostener una alegación.
Los aparatos, del fotómetro de bolsillo a la red de sensores
El instrumento de referencia para trabajo de campo es un fotómetro compacto con un fotodiodo, un filtro y un campo de visión de unos veinte grados. Cabe en un bolsillo, funciona con una pila y entrega directamente el valor en magnitudes por segundo de arco cuadrado.
Un escalón por encima están los sensores fijos, que miden cada pocos minutos durante años y vuelcan las lecturas a bases de datos abiertas. Existe una red europea de este tipo, nacida de un proyecto de ciencia ciudadana. La ventaja de una serie continua es que detecta el efecto de un cambio de alumbrado en semanas.
Para caracterizar un emplazamiento completo hacen falta cámaras de todo el cielo con óptica de ojo de pez, que producen mapas de brillo en altura y acimut y permiten señalar de qué población procede el resplandor que estropea un horizonte concreto.
Y luego está el conteo de estrellas a simple vista, que sigue siendo útil pese a su aparente rusticidad. Las campañas internacionales que piden a miles de personas comparar lo que ven con unas cartas de referencia acumulan una cobertura geográfica que ningún proyecto instrumental alcanza. Es la misma lógica que sostiene buena parte de la observación sistemática: muchos datos modestos bien registrados valen más que unos pocos excelentes y dispersos.
Lo que ve un satélite y lo que se le escapa
Desde órbita polar hay sensores que registran la luz que escapa de la superficie durante la noche. Con ellos se han construido los mapas mundiales de emisión nocturna que ilustran cualquier artículo sobre el asunto, y también los atlas de brillo del cielo que combinan esa emisión con un modelo de dispersión atmosférica.
El atlas mundial más citado, publicado en 2016, concluyó que más de cuatro quintas partes de la población mundial vive bajo cielos alterados y que alrededor de un tercio de la humanidad no puede ver la Vía Láctea desde su casa. En Europa esa proporción es mayor todavía.
El punto ciego de esta técnica es el color. Los sensores nocturnos en uso son poco sensibles al azul, justo la parte del espectro que más se ha reforzado con la sustitución masiva de lámparas de sodio por diodos blancos. La consecuencia es incómoda: en muchos municipios el satélite ha registrado una emisión estable o decreciente mientras el brillo azul del cielo aumentaba.
Esa discrepancia es la razón de que las medidas desde tierra sigan siendo imprescindibles. La observación orbital es excelente para cubrir territorio y comparar países, y es la misma familia de instrumentos que sostiene la vigilancia ambiental desde el espacio, pero no responde a la pregunta que hace un astrónomo: cuánto brilla el cielo sobre mi cabeza.
El marco estatal, entre la ley del aire y el reglamento de alumbrado
España regula esta materia en dos niveles y con dos lógicas distintas. La norma general es la Ley 34/2007, de calidad del aire y protección de la atmósfera, que incluye expresamente la contaminación lumínica entre las alteraciones de la atmósfera y encarga a las administraciones prevenirla.
La norma que de verdad manda sobre las instalaciones es el Real Decreto 1890/2008, que aprueba el reglamento de eficiencia energética en alumbrado exterior y sus instrucciones técnicas complementarias. Ahí están los límites concretos: niveles máximos de iluminancia por tipo de vía, requisitos de eficiencia de las luminarias, obligación de regulación horaria y, sobre todo, el control del flujo que se emite por encima de la horizontal.
Ese reglamento se aplica a las instalaciones nuevas y a las que se reforman, con plazos de adaptación para las existentes en las zonas de mayor protección. Es decir, no obliga a cambiar de golpe el alumbrado de un municipio entero, pero sí condiciona cada renovación. En la práctica, una campaña de sustitución de luminarias es el momento en que se decide el cielo de los próximos veinte años.
Los textos consolidados, con sus modificaciones posteriores, están en el repositorio normativo oficial. Conviene trabajar sobre ellos y no sobre resúmenes de terceros.
Las zonas E1 a E4 y el flujo que se escapa hacia arriba

El reglamento clasifica el territorio en cuatro zonas según su sensibilidad a la luz, y a cada una le asigna un límite de flujo hemisférico superior instalado: la fracción de luz emitida por la luminaria que sale por encima del plano horizontal y se pierde hacia el cielo.
| Zona | Qué tipo de suelo | Flujo hacia arriba admisible |
|---|---|---|
| E1 | áreas de protección máxima, entornos de observatorios y espacios naturales | en torno al 1 por ciento |
| E2 | zonas de baja luminosidad, suelo rural y periferias residenciales | en torno al 5 por ciento |
| E3 | zonas de luminosidad media, la mayor parte del suelo urbano | en torno al 15 por ciento |
| E4 | zonas de alta luminosidad, centros y áreas de gran actividad | en torno al 25 por ciento |
Traducido a hardware: una luminaria con vidrio plano y el foco bien alojado emite prácticamente cero hacia arriba y cumple en cualquier zona. Un globo ornamental o un proyector inclinado sobre una fachada iluminada desde abajo incumplen en casi todas.
El flujo hemisférico superior es solo la mitad del problema. La otra mitad es el exceso: una calle iluminada muy por encima del nivel que corresponde a su categoría contamina aunque toda la luz vaya hacia el suelo, porque el pavimento refleja y esa luz reflejada también sube. Un alumbrado sobredimensionado es contaminación lumínica con buena óptica.
Y queda el color, que el reglamento aborda de forma indirecta. La luz azul se dispersa mucho más en la atmósfera que la roja, con una dependencia muy fuerte de la longitud de onda, así que un vatio emitido en blanco frío produce bastante más resplandor que el mismo vatio en ámbar. De ahí la recomendación creciente de no superar los 3.000 kelvin en general y de bajar a soluciones ámbar en el entorno de observatorios y espacios protegidos.
Canarias, y la ley que protege dos observatorios
El caso español más antiguo y más estricto no nació de una preocupación ambiental, sino de la necesidad de proteger dos instalaciones científicas. La Ley 31/1988 sobre protección de la calidad astronómica de los observatorios del archipiélago canario y su reglamento de desarrollo regulan cuatro cosas a la vez.
Regula el alumbrado exterior de La Palma y Tenerife, con su tipo de luminaria, su flujo hacia arriba, sus horarios y su espectro permitido. Regula además la contaminación radioeléctrica, la atmosférica por partículas y las rutas aéreas, que se desvían para no sobrevolar las cumbres donde están los telescopios.
La aplicación no se dejó al azar: existe una oficina técnica dependiente del centro de investigación astrofísica canario que informa proyectos de alumbrado, vigila el cumplimiento y asesora a los ayuntamientos. Ese detalle organizativo explica buena parte de su eficacia, porque una norma sin nadie que la revise se convierte en decoración. La institución responsable publica los criterios técnicos aplicables.
Otras comunidades han legislado después con enfoque ambiental. Cataluña aprobó en 2001 una ley de ordenación del alumbrado para la protección del medio nocturno, con su propia zonificación y su régimen sancionador, y Baleares, Andalucía, Cantabria y Navarra cuentan con normas propias en la misma línea. El resultado es un mapa desigual en el que dos municipios vecinos de comunidades distintas pueden tener obligaciones diferentes.
Reservas certificadas y protección legal no son lo mismo
Aquí se concentra el malentendido más frecuente. Existen certificaciones internacionales de cielo oscuro, otorgadas por fundaciones y asociaciones privadas, que reconocen la calidad del cielo de un lugar y el compromiso de su comunidad para mantenerla.
Esas certificaciones tienen valor real. Exigen medidas instrumentales, un plan de alumbrado y una revisión periódica, y funcionan como argumento económico ante un ayuntamiento reticente, porque atraen turismo de observación fuera de temporada alta.
Lo que no hacen es proteger. Una certificación no impide que el municipio de al lado instale un polígono con proyectores de 5.000 kelvin apuntando al cielo, porque el sello no tiene fuerza normativa. La protección efectiva viene de la clasificación del suelo como zona E1 en un instrumento de planeamiento, de una ordenanza municipal con régimen sancionador o de una ley autonómica.
La combinación que funciona es la de las dos cosas a la vez: la certificación aporta el incentivo y la visibilidad, y la norma aporta la obligación. Cuando solo existe la primera, lo habitual es que la calidad del cielo se degrade en pocos años mientras el cartel de bienvenida sigue en su sitio.
Ocho decisiones que dependen de un pleno municipal
Un ayuntamiento pequeño no puede cambiar la ley estatal, pero controla casi todas las variables que determinan el cielo de su término. Estas son las que caben en una ordenanza o en un pliego de licitación.
- Inventario previo. Contar los puntos de luz, su potencia, su tipo de luminaria y su temperatura de color. Sin ese censo, cualquier decisión es a ciegas.
- Zonificación propia. Delimitar en el planeamiento qué áreas son de protección máxima, en particular las lindantes con espacios naturales.
- Vidrio plano obligatorio. Exigir en pliegos luminarias con flujo hacia arriba nulo, sin excepciones para modelos ornamentales.
- Techo de temperatura de color. Fijar un máximo en kelvin por zona, con valores más bajos en las áreas sensibles.
- Reducción horaria. Programar una bajada de flujo a partir de una hora determinada, con excepciones acotadas por seguridad.
- Prohibición del alumbrado ascendente. Eliminar los proyectores que iluminan fachadas o arbolado desde el suelo hacia arriba.
- Regulación de rótulos y escaparates. Establecer horarios de apagado para publicidad luminosa y escaparates comerciales.
- Medida y publicación. Instalar un sensor fijo o programar campañas anuales con protocolo, y publicar la serie.
El criterio de aprobación de cada punto es el mismo: si la medida no se puede comprobar con un aparato o con una inspección nocturna, está mal redactada. Una ordenanza que dice fomentar el uso responsable de la luz no obliga a nada. Y hay un argumento que suele convencer más que el astronómico: un alumbrado bien dirigido consume menos, y el ahorro aparece en la factura municipal del año siguiente.
Preguntas frecuentes
¿Cuánto cuesta empezar a medir?
Un fotómetro de mano de uso extendido cuesta del orden de un par de cientos de euros, similar a un ocular de gama media. Con eso y un cuaderno se puede levantar una serie perfectamente utilizable. Los sensores fijos y las cámaras de todo el cielo entran en otro rango de precio y requieren mantenimiento.
¿El cambio a diodos empeoró la situación?
Depende de cómo se hizo. La tecnología permite dirigir la luz mucho mejor y regular el flujo por horas, así que bien aplicada mejora el cielo y reduce el consumo. Mal aplicada, con blanco frío y sin bajar la potencia instalada, aumenta el resplandor pese a gastar menos electricidad. La lámpara no decide: lo decide el pliego.
¿Hay efectos más allá de la astronomía?
Los hay documentados sobre fauna nocturna, insectos y aves migratorias, y hay literatura sobre alteración de los ritmos biológicos humanos por exposición a luz azul nocturna. Es un campo activo y con matices, así que conviene citarlo sin convertirlo en argumento definitivo ni sustituir con él el consejo de un profesional sanitario.
¿Se puede fotografiar el cielo desde un sitio con brillo alto?
Sí, con limitaciones claras. Los objetos brillantes y los que emiten en líneas estrechas toleran bien un fondo urbano si se usan filtros adecuados y muchas exposiciones cortas. Lo que no se recupera es el fondo débil y extendido, y ahí no hay procesado que compense un cielo de 18 unidades. Conviene tenerlo en cuenta antes de invertir en equipo de astrofotografía.
Medir cuesta poco y cambia la conversación. Un ayuntamiento discute indefinidamente sobre si la iluminación nueva molesta o no molesta, pero cuando alguien deja sobre la mesa dos series de lecturas tomadas con el mismo aparato en el mismo punto, antes y después, la discusión se acaba y empieza la de qué luminaria se compra.