Qué ha salido mal en los alunizajes que la NASA encargó a empresas

En enero de 2024 una empresa estadounidense lanzó su primer módulo lunar y lo perdió siete horas después, cuando una válvula dejó escapar el propelente. Cinco semanas más tarde otra compañía consiguió posarse en el polo sur de la Luna, pero se quedó tumbada de costado. Un año después, una tercera lo hizo de pie y trabajó dos semanas seguidas.

Las tres misiones pertenecen al mismo programa de la NASA y comparten un rasgo poco intuitivo: la agencia no construyó ninguna de las naves, no dirigió los aterrizajes y no asumió el sobrecoste de los fallos. Compró un servicio de transporte a precio cerrado, como quien contrata una mensajería.

Ese cambio de modelo tiene consecuencias que se ven mejor con el marcador delante. Lo que sigue repasa qué falló en cada intento, qué tienen en común los fracasos y cómo se reparte el daño cuando el módulo no llega entero.

El balance en una lista

  • El contrato. Marco de compras por encargos individuales, con un techo total de 2.600 millones de dólares y un plazo que se extiende hasta finales de esta década.
  • El precio. Cada entrega adjudicada se mueve entre varias decenas y algo más de cien millones de dólares, un orden de magnitud por debajo de una misión dirigida por la agencia.
  • El marcador. Cuatro intentos con carga de la agencia a bordo y un solo alunizaje plenamente nominal.
  • El patrón. Tres de los fallos apuntan al mismo eslabón: saber con precisión a qué altura y a qué velocidad se está en los últimos cien metros.
  • El riesgo. La empresa asume el sobrecoste, la agencia asume la pérdida de los instrumentos y nadie garantiza un segundo intento.

Comprar un viaje en lugar de construir la nave

El esquema clásico funcionaba así: la agencia definía requisitos hasta el último tornillo, supervisaba el desarrollo, pagaba los costes incurridos más un margen y se quedaba con la nave. Si el proyecto se retrasaba tres años, la factura crecía con él.

El programa de entregas comerciales invierte casi todos esos términos. La NASA publica una convocatoria con una carga, un destino aproximado y una ventana temporal. Las empresas admitidas en el catálogo presentan oferta. Se firma un encargo a precio cerrado, y a partir de ahí el contratista decide con qué cohete vuela, qué arquitectura usa y cómo prueba el vehículo.

La agencia se reserva la inspección de las interfaces y la seguridad del lanzamiento, pero renuncia deliberadamente a auditar el diseño entero. La contrapartida está explicitada en la propia lógica del programa: se acepta una probabilidad de fallo alta a cambio de multiplicar el número de intentos por el mismo dinero.

No es una idea nueva. Es la misma receta que la agencia aplicó al transporte de carga a la estación orbital, con la diferencia de que allí había una órbita conocida, un objetivo cooperativo y décadas de experiencia previa. Posarse en la Luna no ofrece ninguna de las tres cosas.

Los números del contrato marco y lo que cubren

El marco es lo que en la contratación pública estadounidense se llama un contrato de entregas indefinidas: fija reglas, admite proveedores y establece un techo de gasto, pero no compromete ninguna compra concreta. El techo publicado ronda los 2.600 millones de dólares y el catálogo de empresas admitidas supera la docena.

Cada misión sale de ahí como un encargo independiente. Los importes adjudicados que se han hecho públicos se mueven en el entorno de las decenas de millones para las entregas ligeras y superan el centenar cuando la carga es pesada o exige un aterrizaje en terreno difícil. Para situar la escala: una misión planetaria de clase media dirigida por la agencia se mide en cientos o miles de millones.

El detalle que explica muchas cosas es el calendario de pagos. Los encargos se abonan por hitos a lo largo del desarrollo, y una parte sustancial se cobra antes del despegue. Un contratista que pierde la nave no pierde todo el contrato, y eso es precisamente lo que permite que exista un segundo intento.

La agencia también compra plazas en vuelos que llevan carga de terceros. En un mismo módulo pueden convivir instrumentos científicos públicos, experimentos universitarios y cargas comerciales privadas, con acuerdos separados y sin responsabilidad cruzada.

Peregrine perdió el propelente antes de salir de la órbita terrestre

Cohete despegando de noche desde la plataforma entre una columna de gases iluminada

El primer intento voló en enero de 2024 en el vuelo inaugural de un cohete nuevo, una coincidencia que multiplicaba el riesgo pero que no tuvo nada que ver con lo que ocurrió después. El lanzador cumplió y dejó al módulo en la trayectoria prevista.

El problema apareció al presurizar el sistema de propulsión. La investigación posterior apuntó a un fallo en una válvula que no cerró como debía, lo que permitió que el helio a presión entrara en el tanque de oxidante y lo hiciera reventar. Con el tanque comprometido, el propelente empezó a escapar y con él cualquier posibilidad de frenar cerca de la Luna.

El equipo mantuvo la nave viva casi diez días, encendió varios de los instrumentos y recogió datos en el camino, antes de dirigirla a una reentrada controlada sobre el océano. Es un desenlace honesto: sin capacidad de maniobra, dejar el vehículo suelto en una trayectoria incierta habría sido peor.

La lección técnica es antigua y desagradable. Los sistemas de propulsión con válvulas y presurización siguen siendo una de las causas dominantes de pérdida de misión, no porque nadie sepa diseñarlos, sino porque un componente pequeño que solo actúa una vez tiene pocas oportunidades de demostrar que funciona.

Odysseus se posó de lado y aun así contó como éxito

Cinco semanas después, otro módulo llegó a las inmediaciones del polo sur lunar y se convirtió en el primer vehículo estadounidense en tocar la superficie desde los años setenta y en el primero de titularidad privada en hacerlo sin destruirse.

El descenso, sin embargo, se salvó por un rodeo. Los telémetros láser del vehículo no funcionaron porque un interruptor de seguridad se quedó sin activar antes del vuelo, un fallo de procedimiento en tierra. Con la nave ya en órbita lunar, el equipo reprogramó el sistema de navegación para tomar la altura de un instrumento experimental de la agencia que viajaba a bordo como demostración tecnológica, no como sensor operativo.

El apaño funcionó a medias. La nave llegó al suelo con más velocidad horizontal de la prevista y con una pata que se rompió al contacto. Acabó apoyada de costado, con parte de las antenas mal orientadas y varios instrumentos apuntando al sitio equivocado. Aun así transmitió durante varios días y devolvió datos de la mayoría de las cargas.

Lo interesante es cómo se contabiliza eso. Bajo un contrato de servicio, la entrega se produjo: la carga llegó a la superficie y funcionó. Bajo los criterios de una misión científica clásica, un vehículo tumbado con las antenas comprometidas habría sido un resultado parcial. La misma misión recibe dos calificaciones según qué contrato se lea.

Athena repitió la escena en un terreno peor

El siguiente vehículo de la misma empresa voló en 2025 hacia una zona más cercana al polo, un terreno de relieve marcado donde el Sol se mantiene muy bajo sobre el horizonte y las sombras se alargan durante kilómetros.

Volvió a fallar la medida de altura. En el tramo final el sistema de telemetría láser entregó valores degradados, la nave se posó lejos del punto previsto y terminó de costado dentro de una depresión del terreno. Con los paneles mal orientados y una temperatura que no acompañaba, las baterías se agotaron en poco más de un día y la misión se declaró terminada.

La repetición del mismo modo de fallo en dos vehículos consecutivos de la misma familia es el dato más incómodo del programa. No fue el mismo defecto concreto, pero sí la misma función: conocer la distancia al suelo y la velocidad relativa en los últimos cien metros del descenso.

Hay un factor de terreno que agrava el problema. Cerca del polo, la iluminación rasante confunde a los sistemas de navegación óptica, y el relieve real difiere de los mapas disponibles a la escala que importa para elegir dónde apoyar tres o cuatro patas. Es un sitio científicamente valioso y operativamente hostil, y las dos cosas están relacionadas.

Blue Ghost es el único alunizaje sin asterisco

Llanura oscura de basalto en la superficie lunar rodeada de terreno claro y cráteres

En marzo de 2025 un módulo de otra compañía se posó de pie en un mar lunar del hemisferio norte, en terreno llano, y operó durante un día lunar completo, unas dos semanas terrestres, antes de resistir todavía unas horas en la noche.

Las diferencias respecto a los intentos anteriores son visibles a simple vista. El vehículo es bajo y ancho, con el centro de masas cerca del suelo y una base de apoyo amplia. Esa geometría perdona pendientes y velocidades laterales que a un módulo alto y estrecho lo vuelcan. También ayudó el destino: una llanura de basalto es mucho más benévola que el borde de un cráter polar.

La misión desplegó una decena de cargas de la agencia y ejecutó experimentos que exigían estabilidad, entre ellos perforaciones para medir el flujo de calor del subsuelo y una prueba de recepción de señales de navegación por satélite terrestres desde la superficie lunar. Nada de eso se hace tumbado.

Conviene resistir la tentación de convertirlo en una regla. Una misión exitosa no demuestra que un diseño sea superior; demuestra que ese diseño funcionó una vez en ese sitio. Pero la correlación entre geometría baja, sitio llano y resultado limpio es lo bastante clara como para tenerla en cuenta.

El balance real de los alunizajes privados, misión a misión

Puestos en la misma tabla, los intentos con carga pública a bordo dibujan un patrón que ningún resumen narrativo transmite igual de bien.

Misión Momento Desenlace Causa dominante
Primer módulo de la empresa de Pittsburgh enero de 2024 no llegó a la Luna fuga de propelente por fallo de válvula
Primer módulo de la empresa de Houston febrero de 2024 posado de costado, operativo varios días telémetros inhabilitados en tierra
Segundo módulo de la empresa de Houston marzo de 2025 posado de costado, apagado en un día altimetría degradada y terreno polar
Primer módulo de la empresa tejana marzo de 2025 nominal, un día lunar completo sin fallo relevante

Fuera del programa, y por tanto fuera de esta tabla, hay dos intentos más de una empresa japonesa que también terminaron contra el suelo, en 2023 y en 2025, con problemas de medida de altura en ambos casos. Refuerzan el patrón general sin formar parte del mismo contrato.

El marcador, entonces, es de un aterrizaje limpio en cuatro intentos, con dos posados parciales que devolvieron ciencia. Interpretado como programa de servicios a precio cerrado, es un resultado defendible. Interpretado como programa científico, significa que la mitad de los instrumentos embarcados rindió por debajo de lo previsto.

Tres fallos y un mismo eslabón débil, la altimetría

Si se ordenan los fallos por función comprometida, la conclusión aparece sola. Un descenso lunar termina con una fase de unos minutos en la que el vehículo debe saber tres cosas con precisión: a qué altura está, a qué velocidad baja y cuánto se desplaza de lado.

En la Tierra eso se resuelve con radar de aterrizaje, presión atmosférica y señales de navegación por satélite. En la Luna no hay atmósfera que medir ni constelación de navegación desplegada, así que todo recae en sensores propios: telémetros láser, radar altímetro y cámaras que comparan el terreno con mapas cargados de antemano.

Esos sensores tienen un problema de validación difícil de resolver. No hay forma de probarlos de verdad hasta que se usan una vez, contra el suelo lunar, en las condiciones exactas de iluminación y polvo de ese sitio. Las pruebas en helicóptero, en torre de caída o en simulación cubren una parte del sobre de operación, nunca el sobre entero.

La consecuencia práctica es que el número de intentos importa más que la calidad de la revisión de diseño. Un programa que financia diez descensos aprende cosas que ninguna revisión documental encuentra, y ese es exactamente el argumento con el que se defiende el modelo de compra por servicio.

Geometría alta, pendiente y velocidad lateral

El segundo patrón es mecánico y se explica sin ecuaciones. Un módulo vuelca cuando la vertical que baja desde su centro de masas se sale del polígono que forman los puntos de apoyo.

Eso ocurre por tres vías, y a menudo por las tres a la vez: porque el suelo está inclinado, porque el vehículo llega con velocidad horizontal y una pata engancha antes que las otras, o porque una pata cede y cambia la geometría de apoyo en el peor momento. Cuanto más alto y estrecho es el diseño, menos margen hay en cada una de las tres.

Los módulos altos existen por razones legítimas: permiten desplegar cargas a mayor altura, colocar antenas con vista despejada y meter tanques cilíndricos largos que aprovechan mejor el volumen de la cofia. La contrapartida es una tolerancia mínima al error en el último segundo.

El polo sur multiplica el problema. Es el destino prioritario porque hay indicios de hielo en cráteres permanentemente en sombra y porque interesa para el aprovechamiento de recursos in situ, pero el mismo relieve que crea esas sombras eternas es el que llena la zona de pendientes y bloques.

El reparto del riesgo entre la agencia, la empresa y la carga

La pregunta que casi nunca se responde con claridad es quién pierde qué cuando el módulo no llega. Conviene separarlo por partes.

Parte implicada Qué arriesga Qué recupera si falla
La agencia los instrumentos embarcados y el tiempo de sus equipos los datos obtenidos en vuelo, si los hubo
La empresa contratista el sobrecoste del desarrollo y su reputación comercial los hitos ya cobrados antes del despegue
Los investigadores de la carga años de trabajo sin resultado publicable nada, salvo una plaza en un vuelo futuro
Las cargas comerciales de terceros lo pagado según su contrato privado lo que fije su póliza, si la tienen

El punto más discutido es el tercero. Un instrumento científico tarda entre cinco y diez años en concebirse, financiarse, construirse y calificarse, y el equipo que lo hace suele tener una sola oportunidad en toda una carrera. El contrato no obliga a repetir la entrega y no existe una reserva de vuelos para reponer cargas perdidas.

Ese desajuste explica la incomodidad de una parte de la comunidad investigadora con el modelo. Repartir muchos instrumentos baratos entre muchos vuelos con riesgo alto funciona en el agregado, pero es un consuelo estadístico difícil de digerir para quien acaba de ver su trabajo estrellarse.

La cancelación de un rover y el aviso que dejó

En 2024 la agencia canceló un vehículo explorador diseñado para buscar hielo en el polo sur, ya casi terminado, alegando retrasos y sobrecoste del conjunto de la operación. La decisión provocó una reacción pública considerable y obligó después a buscar una vía alternativa de entrega para el aparato.

El episodio deja al descubierto una tensión estructural del modelo. La agencia controla el precio de la entrega, porque lo fijó un contrato cerrado, pero no controla el calendario del contratista, y una carga insignia atada a un vehículo que se retrasa acumula costes que no dependen de quien los paga.

También aclara qué clase de misiones encajan aquí. Instrumentos modestos, repetibles y con tolerancia a la pérdida se adaptan bien a un vuelo de riesgo alto. Una carga única, cara y de años de desarrollo entra en conflicto con la premisa del programa, por mucho que la entrega en sí resulte barata.

La comparación con los grandes programas dirigidos, del tipo de los proyectos científicos de larga duración, no es una competición. Son dos herramientas distintas, y el error consiste en cargar en una lo que corresponde a la otra. La documentación pública del programa deja bastante claro cuál es cuál.

Preguntas frecuentes

¿Por qué es tan difícil si ya se aterrizó en la Luna hace medio siglo?

Porque no se heredó casi nada. Los equipos, los proveedores, las herramientas de diseño y los procesos de aquellas misiones desaparecieron, y lo que queda son informes. Además, aquel programa costó una fracción enorme del presupuesto federal de su época, mientras estas entregas se hacen con dos órdenes de magnitud menos de dinero.

¿Un módulo tumbado se considera fracaso o éxito?

Depende del contrato que se lea. Como servicio de entrega, la carga llegó a la superficie y transmitió, así que se cumplió. Como misión científica, un vehículo mal orientado pierde parte de sus mediciones. Ambas lecturas son legítimas, y por eso conviene desconfiar de los titulares que solo usan una.

¿Puede una empresa quebrar tras perder una misión?

El diseño de pagos por hitos reduce ese riesgo, porque buena parte del importe se cobra antes del despegue. Lo que sí se resiente es la posición competitiva en las siguientes adjudicaciones y la capacidad de captar clientes privados, que es donde estas compañías esperan obtener el margen real.

¿Qué gana la ciencia con este esquema?

Frecuencia. Un instrumento que antes esperaba una década por una plaza en una misión insignia puede volar en dos o tres años, aunque con una probabilidad de llegada más baja. Para sensores pequeños, replicables y de coste contenido, la aritmética sale a favor.

¿Se aplicará el mismo modelo a Marte?

Se ha planteado, y las diferencias son grandes. Marte impone entrada atmosférica, ventanas de lanzamiento cada dos años y retardos de comunicación de minutos, tres condiciones que encarecen mucho el vehículo y reducen el margen para aprender por repetición. El modelo funciona mejor cuanto más corto es el viaje.

El programa se defiende solo si se le juzga por lo que dice ser: una forma barata de comprar muchos intentos. Con ese criterio, un alunizaje limpio, dos parciales y una pérdida total en cuatro encargos es un comienzo aceptable. Con el criterio de las grandes misiones de exploración, sería un desastre. Elegir el criterio equivocado es lo que produce la mitad de los malentendidos sobre este asunto.