Las velas solares ya se despliegan, falta que sirvan de algo

En agosto de 2024, un satélite del tamaño de un microondas desplegó en órbita baja una lámina cuadrada de nueve metros de lado. Durante las semanas siguientes se pudo ver desde tierra a simple vista en algunos pasos, brillando como una estrella lenta. Fue un éxito técnico limpio, y también un recordatorio de dónde está esta tecnología: sabemos abrir la vela, no sabemos todavía para qué usarla.

La propulsión por presión de radiación lleva cuatro décadas apareciendo en estudios y otras tantas sin una sola misión operativa. Los ensayos de los últimos quince años han resuelto la parte mecánica, que era la que más dudas generaba, y han dejado al descubierto que el problema real está en otro sitio: en la relación entre superficie y masa, y en el control de la orientación.

Lo que sigue es el estado del asunto con las cifras de lo que ya ha volado, y el repaso de las misiones concretas en las que la cuenta saldría.

Lo esencial de la tecnología

  • La fuerza disponible. Menos de diez micronewton por metro cuadrado a la distancia de la Tierra, con reflexión perfecta.
  • El parámetro que manda. Los gramos de vela por metro cuadrado. Todo lo demás se deriva de ahí.
  • Lo demostrado. Despliegue fiable hasta unas decenas de metros cuadrados y navegación controlada en órbita terrestre.
  • Lo no demostrado. Superficies de cientos o miles de metros cuadrados, y vida útil de años bajo radiación.
  • Dónde compensa hoy. Órbitas que ningún propelente puede mantener, no en llegar antes a ningún sitio.

Lo que empuja no es el viento solar

Conviene despejar la confusión más extendida antes de cualquier cifra. Una vela solar no navega con el viento solar, que es el flujo de partículas cargadas que emite el Sol. Navega con la luz.

Los fotones no tienen masa pero sí llevan momento, y al rebotar en una superficie reflectante se lo transfieren. La diferencia de magnitud entre ambos efectos es abrumadora: la presión que ejerce la luz solar es del orden de mil veces mayor que la que ejerce el flujo de partículas. En términos de propulsión, el viento solar es irrelevante.

Que el empuje venga de la reflexión tiene una consecuencia útil. Si la superficie fuera perfectamente absorbente, cada fotón entregaría su momento una sola vez. Al reflejarse, sale con el momento invertido y entrega aproximadamente el doble. De ahí que las velas se recubran de aluminio evaporado y no de material oscuro.

Hay un efecto secundario que también empuja, aunque poco: la cara trasera de la vela emite radiación térmica, y esa emisión también produce una fuerza. Los diseños cuidan la emisividad de ambas caras porque de ese desequilibrio depende una fracción pequeña pero medible del rendimiento.

Cómo funciona una vela solar y cuánto empuje da

La cifra de partida es la presión de radiación solar a la distancia de la Tierra. Sobre una superficie perfectamente reflectante y perpendicular a los rayos, ronda los nueve micronewton por metro cuadrado. Sobre una absorbente, la mitad.

Puesto en unidades cotidianas: una vela de cien metros cuadrados recibe una fuerza inferior al peso de un grano de arroz en la superficie terrestre. En caída libre, sin rozamiento, esa fuerza actúa sin descanso durante años, y ahí está la gracia.

La aceleración resultante es la fuerza dividida por la masa total del vehículo, vela incluida. Los ensayos volados hasta ahora dan aceleraciones características del orden de centésimas de milímetro por segundo al cuadrado. Con eso, acumular un kilómetro por segundo de cambio de velocidad llevaría décadas.

Para que la técnica sea competitiva hacen falta valores entre diez y cincuenta veces mayores, y no se consiguen aumentando el tamaño sin más: al agrandar la vela crece la superficie pero también la masa de la lámina y de los mástiles que la sostienen. La mejora tiene que venir del material, no de la escala.

La distancia al Sol también cuenta, y mucho. La presión de radiación cae con el cuadrado de la distancia, igual que la irradiancia, así que una vela rinde el doble a la distancia de Venus y una cuarta parte a la de Marte. Eso empuja los diseños hacia trayectorias que primero se acercan al Sol para ganar velocidad.

La cifra que resume un diseño: la carga superficial

Todo el rendimiento de una vela cabe en un número: los gramos de masa total por metro cuadrado de superficie reflectante. En la literatura técnica se le llama carga superficial, y ordena los diseños mejor que cualquier otra magnitud.

Existe un valor umbral con significado físico. Si la carga superficial bajara hasta aproximadamente millón y medio de gramos por kilómetro cuadrado, es decir, en torno a un gramo y medio por metro cuadrado, la fuerza de la luz igualaría a la gravedad solar y el vehículo podría quedarse quieto respecto al Sol sin orbitar. Es un límite de referencia, no una meta a corto plazo.

Los ensayos volados están un orden de magnitud por encima de eso. Una lámina de poliimida aluminizada de dos o tres micras de espesor pesa ya algunos gramos por metro cuadrado ella sola, y hay que añadir mástiles, mecanismo de despliegue, estructura y la carga útil.

De ahí que casi toda la investigación de la última década se haya concentrado en dos frentes: adelgazar la lámina sin que se rompa al desplegarse, y sustituir los mástiles metálicos por materiales compuestos enrollables, que a igualdad de rigidez pesan bastante menos.

Del carrete a los ochenta metros cuadrados: el despliegue

Lámina metalizada muy fina extendida sobre una mesa, con reflejos y arrugas visibles en la superficie
Zebrio from Tokyo, Japan / BY-SA 2.0

Desplegar una superficie grande a partir de un volumen pequeño es la parte que durante años se consideró el obstáculo principal, y es la que hoy está esencialmente resuelta a escala modesta.

Hay dos escuelas. La primera usa la rotación: el vehículo gira y la vela se abre por fuerza centrífuga, sin mástiles. Es elegante y muy ligera, porque la rigidez la aporta el giro, y fue la que empleó el primer demostrador interplanetario japonés, con una lámina cuadrada de catorce metros de lado desplegada en dos etapas mediante masas en las esquinas.

La segunda usa mástiles. Cuatro brazos enrollados en un carrete se despliegan y tensan los cuadrantes de la vela. Es más pesada pero permite una geometría estable sin girar, lo que simplifica apuntar instrumentos. El ensayo estadounidense de 2024 llevó esta vía a su versión moderna, con mástiles de material compuesto que se aplanan para enrollarse y recuperan su sección al salir.

El despliegue es un momento crítico y de una sola oportunidad. La lámina va plegada durante meses, sometida a vibraciones de lanzamiento, y tiene que abrirse sin engancharse ni rasgarse. Los ensayos en tierra son difíciles porque la gravedad deforma la vela y hay que compensarla con suspensiones que introducen sus propias fuerzas.

El balance de los últimos quince años es que el despliegue funciona hasta unas decenas de metros cuadrados. Lo que no se ha demostrado nunca es una superficie de cientos o miles, que es lo que exigirían las misiones interesantes.

Los ensayos que ya han volado, uno por uno

Ensayo Año Superficie Resultado
Demostrador interplanetario japonés 2010 unos 200 metros cuadrados primera propulsión por luz medida fuera de la órbita terrestre
Cubesat estadounidense de desorbitado 2011 unos 10 metros cuadrados despliegue correcto y reentrada acelerada por rozamiento
Cubesat de una asociación privada 2019 32 metros cuadrados navegación controlada en órbita terrestre, apogeo elevado unos kilómetros
Cubesat a un asteroide cercano 2022 86 metros cuadrados lanzado, sin contacto establecido; misión perdida
Ensayo de mástiles compuestos 2024 80 metros cuadrados despliegue verificado y caracterización estructural en vuelo

El demostrador japonés de 2010 sigue siendo el más significativo. Viajó como carga secundaria de una misión a Venus y midió una aceleración atribuible a la luz de aproximadamente un milinewton de empuje, con la vela girando a pocas vueltas por minuto y con células solares de película delgada integradas en la propia lámina. Los datos los publicó en su momento la agencia japonesa.

El cubesat de 2019 aportó otra cosa: demostró que se puede navegar de verdad, cambiando la orientación de la vela dos veces por órbita para ganar energía en la mitad favorable y perder lo menos posible en la otra. El apogeo subió unos pocos kilómetros, una cifra pequeña que probaba el control activo.

La pérdida del cubesat de 2022, que iba a visitar un asteroide cercano, fue un recordatorio de que el eslabón débil no siempre es la vela. El fallo se produjo en el propio satélite antes de cualquier despliegue, y con él se perdió la que habría sido la primera misión de destino real propulsada por luz.

Girar una vela sin gastar propelente

El control de actitud es hoy el problema abierto más serio, y por una razón que se entiende bien: una vela es una superficie enorme sobre la que la presión de radiación actúa en un punto que casi nunca coincide con el centro de masas.

Esa diferencia genera un par que tiende a girar el vehículo continuamente. Contrarrestarlo con ruedas de reacción convencionales funciona hasta que las ruedas se saturan, y descargarlas exige propulsores y propelente, lo que anula parte de la ventaja de no llevar ninguno.

Se han ensayado tres soluciones sin consumibles. La primera consiste en mover deliberadamente el centro de masas: una masa que se desliza por un raíl desplaza el equilibrio y crea el par deseado. La segunda usa pequeñas superficies orientables en las puntas de los mástiles, que funcionan como timones.

La tercera es la más ingeniosa y la ensayó el demostrador japonés: paneles de cristal líquido repartidos por el borde de la vela que cambian su reflectividad cuando se les aplica tensión. Al hacer una zona más reflectante que la opuesta, se genera un par sin mover nada mecánicamente y sin consumir más que unos milivatios.

Ninguna de las tres está madura para superficies grandes. En una vela de mil metros cuadrados los pares son mucho mayores, los tiempos de respuesta más lentos y la propia lámina se deforma al maniobrar, con lo que el modelo de control deja de ser válido.

Las arrugas, el abombamiento y la pérdida real de empuje

En los cálculos de manual la vela es un plano perfecto. En vuelo no lo es nunca, y la diferencia se paga en rendimiento.

Una lámina tensada por sus esquinas se abomba entre los puntos de sujeción, igual que la vela de un barco. Ese abombamiento cambia la orientación local de cada trozo de superficie y hace que la fuerza resultante no apunte exactamente donde debería. Se pierde parte del empuje y, sobre todo, se desvía su dirección, que es más molesto porque afecta al control.

Las arrugas provocan lo mismo a menor escala, y aparecen inevitablemente en el plegado y el despliegue. A eso se suma la deformación térmica: la cara iluminada está mucho más caliente que la de sombra, y ese gradiente curva la lámina y los mástiles.

Los ensayos en vuelo se dedican en buena parte a medir esas desviaciones. El demostrador de 2024 llevó cámaras apuntando a su propia vela precisamente para caracterizar la forma real desplegada y comparar con los modelos, y ese tipo de dato es más valioso que la propia demostración del despliegue.

El orden de magnitud de la pérdida que se maneja está entre el diez y el veinte por ciento del empuje ideal, más una desviación angular del vector que hay que compensar en la navegación. No es catastrófico, pero convierte cualquier estimación optimista basada en la presión teórica en un número que no se cumple.

Qué le hace el entorno espacial a una lámina de dos micras

Una vela pasa años expuesta a ultravioleta intenso, a partículas cargadas y a impactos de micrometeoroides, con un espesor comparable al de una envoltura de alimentos.

El ultravioleta degrada el sustrato polimérico y puede amarillearlo, lo que reduce la reflectividad y cambia el balance térmico. Los recubrimientos y la elección del polímero se optimizan para esto, y hay datos de exposición de larga duración en plataformas orbitales, pero no de láminas tan finas y tensadas.

Los micrometeoroides perforan la lámina. Contra la intuición, es el problema menos grave: un agujero pequeño no se propaga si el material está bien elegido, y la pérdida de superficie acumulada en años es una fracción despreciable del total. Lo que sí importa es si el impacto corta un mástil o una línea de tensión.

En órbita baja aparece un agresor adicional, el oxígeno atómico, que erosiona los polímeros a un ritmo apreciable. Es una de las razones por las que las velas no están pensadas para operar mucho tiempo por debajo de unos cientos de kilómetros, salvo como dispositivo de desorbitado, donde precisamente se busca acabar pronto.

Y queda la carga eléctrica. Una superficie metálica enorme y aislada acumula potencial respecto al plasma circundante, con riesgo de descargas entre zonas a distinto potencial. El diseño obliga a garantizar continuidad eléctrica en toda la vela, lo que complica el uso de láminas segmentadas.

Las misiones donde sí tiene sentido

Corona solar extendida alrededor del disco oscurecido durante un eclipse total, con filamentos bien marcados
Brucewaters / BY 4.0

La aplicación con mejor argumento no es viajar lejos, sino quedarse donde ninguna nave puede quedarse.

La vigilancia del clima espacial se hace hoy desde el punto de equilibrio gravitatorio situado entre la Tierra y el Sol, a un millón y medio de kilómetros. Desde ahí se dispone de un margen de aviso de menos de una hora ante una perturbación solar. Una vela permite mantener una posición estable más cerca del Sol que ese punto, algo imposible sin una fuerza continua, y ese adelanto duplicaría el tiempo de aviso a los operadores de redes eléctricas y de satélites.

La segunda aplicación con buen encaje es la observación polar del Sol. Salir del plano de la eclíptica cuesta una barbaridad de cambio de velocidad con propulsión convencional, y ha requerido asistencias gravitatorias con Júpiter. Con una vela, la inclinación se va aumentando poco a poco sin gastar nada, y el tiempo deja de ser un problema porque el vehículo tampoco lleva propelente que se agote.

La tercera es el desorbitado. Un dispositivo desplegable al final de la vida útil de un satélite aumenta la superficie y acelera la reentrada por rozamiento en órbita baja, o aprovecha la presión de radiación en órbitas más altas. Es la aplicación más humilde y probablemente la primera que se generalizará, porque la normativa sobre residuos orbitales aprieta y este es de los métodos más simples.

La cuarta, ya en el terreno de lo lejano, son las sondas rápidas al medio interestelar cercano. Una vela que primero cae hacia el Sol y despliega en el perihelio puede alcanzar velocidades de salida muy superiores a las de cualquier trayectoria química, a costa de exigir materiales que soporten temperaturas extremas. Es la línea que conecta con los conceptos de propulsión avanzada que se estudian a largo plazo.

Dónde no compensa y por qué

No compensa para nada que tenga prisa. Una maniobra que deba ejecutarse en una ventana de horas queda descartada, igual que cualquier inserción orbital.

No compensa lejos del Sol. A la distancia de Júpiter la presión de radiación es una vigesimoquinta parte de la que hay en la Tierra, así que una vela útil allí tendría que ser desmesurada. Para el sistema solar exterior siguen mandando las asistencias gravitatorias y, en el horizonte, las opciones de origen nuclear.

No compensa para cargas pesadas. La aceleración es la fuerza dividida por la masa total, y añadir instrumentos penaliza directamente. Las velas favorecen cargas útiles pequeñas, lo que las empareja de forma natural con la miniaturización de satélites y no con las plataformas grandes.

Y no compensa en órbita baja como propulsión principal, porque el rozamiento atmosférico residual es del mismo orden o mayor que el empuje disponible. Ahí la vela solo sirve para lo contrario de lo que se pretende: bajar.

Qué habría que ver en la próxima década

Tres hitos concretos separarían esta tecnología de la categoría de experimento perpetuo.

El primero es un despliegue de varios cientos de metros cuadrados con la forma medida en vuelo. Es el salto de escala que nadie ha dado y donde se comprobará si los mástiles compuestos escalan o si aparece un modo de deformación nuevo.

El segundo es una misión con destino y calendario, no un ensayo de subsistema. Mantener durante meses una posición fuera del equilibrio natural, o elevar de forma sostenida la inclinación orbital, demostraría el control de actitud en condiciones reales y con consecuencias medibles.

El tercero es una carga superficial por debajo de unos pocos gramos por metro cuadrado en un vehículo completo, no en una muestra de laboratorio. Ese número es el que decide si la técnica sirve para misiones útiles o se queda en curiosidad, y su mejora depende tanto de la química de materiales como de la ingeniería estructural, en la misma frontera que atraviesan otras tecnologías con aplicación en tierra. La agencia estadounidense mantiene en su programa de demostraciones la continuidad de esta línea tras la cancelación de un proyecto mayor en 2022.

Preguntas frecuentes

¿Una vela solar puede frenar o solo acelerar?

Puede hacer ambas cosas, aunque no de forma simétrica. Al inclinar la vela respecto a la dirección del Sol, la componente de la fuerza se puede orientar de manera que se oponga al movimiento orbital, lo que reduce la energía y hace caer la órbita hacia el interior. Lo que no puede es empujar hacia el Sol en línea recta: la fuerza siempre tiene una componente que se aleja de él.

¿Por qué no se usan láseres para empujarla desde tierra?

Es un concepto estudiado y físicamente correcto, con la ventaja de no depender de la distancia al Sol. Los obstáculos son la potencia necesaria, que se mide en gigavatios para acelerar algo apreciable, y la difracción, que dispersa el haz a partir de cierta distancia salvo que el emisor sea enorme. Por ahora no hay ninguna demostración más allá del laboratorio.

¿Cuánto tarda una vela en llegar a Marte?

Depende por completo de su carga superficial. Con los valores demostrados hasta ahora, más que una trayectoria convencional, así que no habría motivo para usarla. Con valores diez veces mejores, los estudios apuntan a tiempos comparables y con la ventaja de poder frenar a la llegada sin propelente, que es donde la comparación empieza a interesar.

¿Se puede ver una vela solar desde el suelo?

Algunas sí, y forma parte de su atractivo divulgativo. Una superficie de decenas de metros cuadrados en órbita baja refleja suficiente luz solar para alcanzar el brillo de las estrellas más visibles durante los pasos favorables, con la salvedad de que el brillo varía mucho según el ángulo, porque la vela reflectante actúa casi como un espejo.

¿Qué pasa si la vela se rompe durante el despliegue?

Suele significar el final de la parte propulsiva de la misión, porque no hay forma de replegarla y volver a intentarlo. Por eso los ensayos recientes incluyen cámaras propias: si algo se atasca, al menos se sabe qué y dónde, y esa información vale para el siguiente vehículo. Es la razón de que se sigan volando demostradores pequeños antes de comprometer una misión científica.

La conversación sobre velas solares lleva demasiado tiempo instalada en el despliegue, que era el problema fácil. El que decide es mucho más aburrido: cuántos gramos pesa cada metro cuadrado del conjunto completo, mástiles y electrónica incluidos, y esa cifra apenas ha mejorado en quince años.