Desde un balcón de una capital europea se ven, en una noche despejada de noviembre, entre cincuenta y doscientas estrellas. Desde un campo a mil metros de altura y sin pueblos cerca, unas dos mil quinientas. La diferencia no se arregla comprando nada.
Lo que sí se arregla es la lista de objetivos. Hay objetos que el resplandor urbano borra sin remedio y otros que aguantan casi intactos, y la frontera entre unos y otros no es el brillo total del objeto sino su brillo por unidad de superficie. Un cúmulo apretado se defiende; una galaxia extendida se disuelve en el fondo.
Lo que sigue es el trimestre de octubre a diciembre ordenado por lo que de verdad se puede ver desde una ciudad del sur o del centro de Europa, con la hora en que cada cosa está alta y el equipo mínimo para sacarle algo. Sin telescopios de tres mil euros y sin desplazamientos de dos horas.
Lo esencial del trimestre
- La hora buena. Entre las nueve y las once de la noche, una vez terminado el crepúsculo astronómico y antes de que la humedad empañe las ópticas.
- El equipo que más rinde. Unos prismáticos de 10×50. Por debajo de doscientos euros no hay nada que se le acerque en relación entre lo que muestra y lo que cuesta.
- La regla de la altura. Nada por debajo de treinta grados sobre el horizonte merece la pena en ciudad: ahí abajo está toda la luz de las farolas.
- Lo que no funciona. Los filtros llamados de contaminación lumínica sobre galaxias y cúmulos. Solo sirven en nebulosas de emisión.
- La fecha marcada. La madrugada del 13 al 14 de diciembre, la única lluvia de meteoros que se deja ver desde dentro de una ciudad.
Lo que una ciudad te quita y lo que no
El resplandor urbano no apaga las estrellas: sube el brillo del fondo del cielo. Lo que se pierde es contraste, y se pierde primero en los objetos difusos y grandes, que son justo los que se ven en las fotos de portada.
De ahí sale la regla práctica del observador urbano. Todo lo que sea puntual o casi puntual resiste: estrellas dobles, cúmulos globulares compactos, planetas, la Luna. Todo lo que reparta su luz sobre medio grado de cielo se va: nebulosas tenues, galaxias espirales de frente, restos de supernova.
Hay un segundo efecto que se nota en la primera media hora. Con farolas alrededor, la pupila no llega a dilatarse del todo y la visión nocturna nunca se completa. Ponerse de espaldas a la luz, con un muro o un seto de por medio, cambia lo que se ve más que cualquier accesorio.
Y hay una compensación real. La turbulencia atmosférica en una ciudad de llanura suele ser menor que en un puerto de montaña, porque no hay masas de aire subiendo por las laderas. Para separar estrellas dobles apretadas, un balcón urbano a veces bate a un observatorio de altura.
Qué hace falta para observar el cielo de otoño desde el balcón
Casi nada, y ese es el argumento del trimestre. Para observar el cielo de otoño con un mínimo de aprovechamiento bastan tres cosas: unos prismáticos, una silla y un mapa que se pueda mirar sin encender una luz blanca.
De prismáticos, la medida que gana en ciudad es 10×50. Los 7×50, clásicos de manual, dan una pupila de salida de siete milímetros y en un cielo con resplandor eso solo sirve para meter más fondo gris en el ojo. Los 10×50 dejan cinco milímetros, oscurecen el fondo y mantienen luminosidad suficiente. Por encima de diez aumentos ya no se sostienen a pulso.
Un telescopio pequeño, de ochenta a ciento treinta milímetros de abertura, amplía el catálogo con la Luna, los planetas, las dobles cerradas y los cúmulos globulares. No amplía la lista de galaxias visibles, que es lo que casi todo el mundo espera al comprarlo.
Elegir el sitio antes que el equipo
Un patio interior orientado al sur, con los bloques tapando el norte, vale más que una terraza abierta con una farola a cinco metros. Interesa la sombra: cualquier obstáculo que corte la visión directa de una luz mejora el contraste inmediatamente.
Si hay que elegir orientación, en otoño manda el este y el sur. Es por donde suben Pegaso, Andrómeda, las Pléyades y, ya en diciembre, Orión. El oeste solo interesa en octubre, mientras se despide el verano.
El trimestre entero en una tabla
Las horas están calculadas para un observador entre los treinta y ocho y los cuarenta y cinco grados de latitud norte, que cubre desde el sur de la península ibérica hasta el norte de Francia. Media hora arriba o abajo no cambia nada.
| Objeto | Mes en que está mejor | Hora aproximada | Equipo mínimo |
|---|---|---|---|
| Albireo, estrella doble | octubre | 21:00, alto al oeste | telescopio pequeño |
| Cuadrado de Pegaso | octubre y noviembre | 22:00, al sur | a simple vista |
| Galaxia de Andrómeda | noviembre | 22:00, casi en el cenit | prismáticos |
| Doble cúmulo de Perseo | noviembre | 23:00, muy alto | prismáticos |
| Cúmulo del Búho, en Casiopea | octubre a diciembre | toda la noche, alto | prismáticos |
| Pléyades | noviembre y diciembre | 23:00, al sureste | prismáticos |
| Híades y Aldebarán | diciembre | 22:00, al sureste | a simple vista |
| Nebulosa de Orión | diciembre | 23:30, al sureste | prismáticos o telescopio |
| Almach, estrella doble | noviembre | 22:00, alto al este | telescopio pequeño |
| Luna en cuarto creciente | cualquier mes | al anochecer | prismáticos |
Falta una columna que no cabe: la fase lunar. Con la Luna llena en el cielo, todo lo difuso de esa tabla desaparece y solo quedan las dobles, los planetas y la propia Luna. Conviene mirar el calendario antes de planificar la noche.
Octubre a las diez: el triángulo de verano se marcha por el oeste
La primera semana de octubre, a las diez de la noche, Vega sigue alta al oeste y con ella el triángulo que forma con Deneb y Altair. Es la última oportunidad decente del año, porque a mediados de diciembre Vega ya roza el horizonte a esa hora.
Dentro de ese triángulo hay un objetivo que funciona en cualquier ciudad: Albireo, la estrella de la cabeza del Cisne. En unos prismáticos apoyados es una estrella alargada; en un telescopio de sesenta milímetros a treinta aumentos se abre en dos, una anaranjada y otra azulada, separadas por medio minuto de arco. El contraste de color no lo estropea el resplandor urbano.
El último domingo de octubre el reloj se atrasa una hora en toda la Unión Europea y, de golpe, oscurece a media tarde. Ese cambio regala una semana de observación cómoda a horas civilizadas, y conviene aprovecharla antes de que el frío la haga incómoda por otra vía.
El cuadrado de Pegaso y la forma de medir el cielo con la mano
El otoño no tiene una constelación llamativa como Orión, pero tiene una figura enorme y fácil que sirve de regla de medir: cuatro estrellas formando un cuadrado casi perfecto, alto al sur hacia las diez de la noche en noviembre.
Cada lado mide unos quince grados. Esa cifra es útil porque permite calibrar la mano, que es el único instrumento de medida que siempre se lleva encima. Con el brazo estirado, el meñique cubre alrededor de un grado, tres dedos juntos unos cinco, el puño cerrado unos diez y el palmo abierto de pulgar a meñique alrededor de veinte.
Con esa escala, las distancias de cualquier mapa dejan de ser abstractas. Andrómeda queda a algo más de un puño de la esquina noreste del cuadrado. Las Pléyades están a dos palmos largos de Aldebarán. Y la altura de treinta grados, el suelo por debajo del cual no merece la pena mirar en ciudad, son tres puños apilados desde el horizonte.
Vale la pena saber que ese cuadrado no es una constelación: la estrella de la esquina noreste pertenece oficialmente a Andrómeda, no a Pegaso. Las fronteras entre constelaciones son líneas fijadas por convenio en 1930 y publicadas por la Unión Astronómica Internacional, y no siempre coinciden con las figuras que la gente dibuja mentalmente.
Andrómeda, el objeto que más gente da por imposible

La galaxia de Andrómeda es el objeto más lejano que un ojo humano puede ver sin ayuda, a unos dos millones y medio de años luz. También es el que más frustración genera, porque casi todo el mundo la busca esperando la fotografía y encuentra una mancha ovalada sin estructura.
La mancha es lo correcto. Su brillo integrado es alto, pero está repartido sobre una superficie que en un cielo oscuro llega a tres grados de largo, seis veces el diámetro de la Luna llena. En ciudad solo emerge la parte central, un óvalo de medio grado, y solo con prismáticos.
El camino para encontrarla es siempre el mismo y conviene aprenderlo de memoria. Desde la esquina noreste del cuadrado de Pegaso se sigue la cadena de estrellas de Andrómeda hasta la segunda brillante; desde ahí se gira noventa grados hacia el norte y se saltan dos estrellas más débiles. La tercera parada no es una estrella, es la galaxia.
Un aviso sobre el aumento: aquí menos es más. Un telescopio a cien aumentos mete el núcleo en el campo y hace desaparecer todo lo demás. Los prismáticos de diez aumentos son, sin exagerar, el mejor instrumento urbano para este objeto concreto.
Casiopea y el doble cúmulo, la mejor pareja para prismáticos
Casiopea es la W tumbada que en otoño está casi encima de la cabeza a media noche. Al ser circumpolar desde Europa no se pone nunca, y en estas fechas alcanza su mejor posición del año, que es exactamente lo que un observador urbano necesita: altura.
Dentro de ella hay tres o cuatro cúmulos abiertos que aguantan bien el resplandor. El más agradecido es un grupo pequeño en el que dos estrellas brillantes hacen de ojos y el resto dibuja el cuerpo, con lo que se ha ganado el apodo del búho. Con prismáticos es una mancha granulosa; con un telescopio de ochenta milímetros a cuarenta aumentos, se resuelve entero.
El plato fuerte está justo al lado, en el límite con Perseo: dos cúmulos abiertos separados por medio grado, cada uno con centenares de estrellas, a unos siete mil años luz. Es el único objeto de este artículo que, con prismáticos y desde un cielo urbano decente, se acerca de verdad a lo que promete una fotografía.
Los dos caben juntos en el campo de unos 10×50, y esa es la gracia. Ningún telescopio los muestra a la vez, porque su campo es demasiado estrecho. Es un caso claro de que el instrumento adecuado no es el más grande.
Noviembre: las Pléyades cambian el tono de la noche

A finales de noviembre, hacia las once, las Pléyades están altas al sureste y ya no hay discusión sobre qué es lo mejor del cielo. A simple vista, seis estrellas apretadas en un espacio menor que el dedo meñique; con prismáticos, entre treinta y cuarenta.
Están a unos cuatrocientos cuarenta años luz y ocupan alrededor de dos grados, cuatro veces la Luna llena. Ese tamaño es la razón de que un telescopio las estropee: el campo no da y solo se ven cuatro estrellas sueltas sin la forma de carro en miniatura que las hace reconocibles.
La nebulosidad azulada que las envuelve en las fotografías no se ve desde una ciudad. Es polvo interestelar que refleja la luz de las estrellas y tiene un brillo superficial bajísimo: quien crea verla casi siempre está viendo reflejos internos de la óptica.
Una prueba sencilla de calidad de cielo: contar cuántas Pléyades se distinguen sin ayuda. Seis es lo normal en una ciudad mediana con el grupo alto. Siete es un buen cielo periurbano. Nueve o más solo se dan en cielos rurales oscuros.
Diciembre: Orión aparece a hora decente
A mediados de diciembre, a las once de la noche, Orión ya está entero sobre el horizonte por el sureste, y a finales de mes aparece antes de las diez. Es el momento en que la observación urbana deja de ser un ejercicio de paciencia.
Bajo el cinturón cuelga la espada, y la estrella central de esa espada no es una estrella. Es la nebulosa de Orión, a unos mil trescientos años luz, y es el único objeto difuso de este artículo que responde a un filtro. Emite en líneas concretas, sobre todo del oxígeno ionizado, y un filtro que deje pasar solo esas longitudes de onda corta la mayor parte del resplandor urbano sin tocar la nebulosa.
Esa distinción explica una decepción muy común. Los filtros de este tipo funcionan en nebulosas de emisión y no hacen absolutamente nada en galaxias, cúmulos ni planetas, porque estos emiten o reflejan en todo el espectro. Comprar uno esperando ver Andrómeda es tirar el dinero.
Al este de Orión, la V de las Híades con Aldebarán en un extremo cierra el trimestre. El cúmulo está a unos ciento cincuenta años luz y es el más cercano de todos; Aldebarán no forma parte de él, está a menos de la mitad de distancia y solo coincide en la línea de visión.
Estrellas dobles, el objetivo al que la ciudad no afecta
Si hay un catálogo hecho a medida del cielo urbano, es este. Separar dos estrellas depende de la abertura del instrumento y de la estabilidad del aire, no del brillo del fondo. Un observador de centro de ciudad ve exactamente lo mismo que uno de montaña.
Cuatro que funcionan en este trimestre, ordenadas de fácil a exigente. Mizar, en la cola de la Osa Mayor, se desdobla incluso con prismáticos y tiene además una compañera visible a simple vista. Almach, en Andrómeda, se abre a partir de cuarenta aumentos y muestra el mejor contraste de color del otoño, dorado contra azul verdoso.
La tercera es la polar, que esconde una compañera muy débil a dieciocho segundos de arco: es una prueba clásica de calidad óptica y de estabilidad del aire. La cuarta, la doble doble de la Lira, exige ochenta milímetros y una noche tranquila, porque cada uno de sus dos componentes se parte a su vez en dos, separadas por poco más de dos segundos de arco.
El límite aquí lo pone la turbulencia, no el resplandor. Y las noches buenas se reconocen antes de sacar nada: son aquellas en las que las estrellas parpadean poco.
Las tres lluvias de meteoros del trimestre
Las fechas de las lluvias se repiten cada año con muy poca variación, porque dependen de dónde cruza la Tierra un río de polvo dejado por un cometa. Lo que cambia de un año a otro es la fase lunar, y ese es el factor decisivo.
Las oriónidas caen hacia el 21 de octubre y proceden del polvo del cometa Halley. Son rápidas, entran a unos sesenta y seis kilómetros por segundo y dejan estelas persistentes, pero su tasa es modesta y desde una ciudad se cuentan con los dedos de una mano.
Las leónidas, hacia el 17 de noviembre, son las más rápidas de todas, por encima de los setenta kilómetros por segundo. Salvo en los años de tormenta, que dependen del paso reciente del cometa que las alimenta, su actividad normal es baja y en ciudad se quedan en casi nada.
Las gemínidas, la madrugada del 13 al 14 de diciembre, son otra cosa. Con más de un centenar de meteoros por hora en cielo oscuro, muchos de ellos brillantes, son la única lluvia del año que da algo desde dentro de una ciudad. Vienen de un asteroide, no de un cometa, y entran despacio, a unos treinta y cinco kilómetros por segundo, lo que las hace fáciles de seguir con la vista.
Para verlas no hace falta ningún instrumento, y de hecho estorban: los prismáticos reducen el campo justo cuando lo que interesa es abarcar la mayor porción de cielo posible. Una tumbona, una manta y mirada al cenit. Es el mismo material que usan quienes participan en los recuentos organizados de observación amateur con valor científico.
Por qué los planetas no aparecen en esta lista
Porque cambian de sitio cada año y una guía que los incluyera caducaría en doce meses. Las estrellas y los objetos de cielo profundo, en cambio, están en la misma posición y a la misma hora todos los años, con un desfase de cuatro minutos por día que se compensa solo al cabo de un año completo.
Dicho esto, los planetas son el mejor objetivo urbano que existe. Júpiter muestra sus cuatro lunas mayores con unos prismáticos apoyados y sus bandas con cualquier telescopio; Saturno enseña el anillo a partir de cincuenta aumentos; Venus pasa por fases como la Luna. Ninguno se ve afectado por el resplandor de las farolas, porque son puntos muy brillantes.
Lo único que hace falta es saber dónde están esa noche concreta, y eso se resuelve con cualquier aplicación de planetario o con el anuario de efemérides que publica cada año el organismo cartográfico estatal. Un minuto de consulta antes de salir.
La Luna merece un párrafo propio por el motivo contrario al de todo lo anterior: es el objeto al que la ciudad no le quita absolutamente nada. Los días alrededor del cuarto creciente, con la luz rasante marcando los cráteres a lo largo de la línea que separa el día de la noche, un telescopio pequeño desde un balcón da una imagen que no mejora yendo al campo. Ese es también el punto de partida natural de la fotografía astronómica hecha con medios sencillos.
Preguntas frecuentes
¿Merece la pena comprar un telescopio si vivo en el centro de una ciudad?
Sí, siempre que se compre con expectativas correctas. Un telescopio urbano rinde en Luna, planetas, estrellas dobles y cúmulos compactos, que es un catálogo bastante amplio. Lo que no va a dar son galaxias ni nebulosas tenues, y esa es la razón de la mayoría de los aparatos que acaban en el trastero. Antes de gastar, conviene pasar un trimestre con prismáticos.
¿Sirve de algo salir cuando hay Luna llena?
Para cielo profundo, no: el fondo sube tanto que ni los cúmulos abiertos se defienden. Para la propia Luna tampoco es la mejor noche, porque con el Sol de frente no hay sombras y el relieve se aplana. Las noches de Luna llena son buenas para estrellas dobles, para planetas y para no salir.
¿Qué diferencia hay entre unos prismáticos de 10×50 y unos de 20×80?
Los segundos muestran más, pero no se sostienen con las manos: necesitan trípode y un adaptador, con lo que dejan de ser un instrumento que se coge y se usa. Para un balcón, y sobre todo para empezar, los 10×50 se aprovechan mucho más porque se utilizan más veces.
¿Cuánto tarda el ojo en adaptarse a la oscuridad en la ciudad?
La parte rápida ocurre en cinco o diez minutos y la lenta continúa hasta la media hora. En un entorno con farolas la adaptación nunca llega a completarse, así que el objetivo realista es proteger la vista de la luz directa: nada de móvil con la pantalla en blanco y linterna con filtro rojo.
¿Se puede fotografiar algo de esta lista con un móvil?
La Luna sí, sujetando el móvil al ocular de un telescopio con paciencia o con un adaptador barato. Las constelaciones brillantes también, con el modo nocturno de los terminales recientes y el teléfono apoyado en algo firme. Los cúmulos y la galaxia de Andrómeda quedan fuera del alcance sin montura y sin exposiciones largas.
El calendario del trimestre tiene una ventaja que rara vez se menciona: octubre y noviembre son los meses en que la noche llega temprano y el frío todavía no muerde. Quien empiece en ese hueco tendrá aprendidas las cuatro figuras del cielo de otoño justo cuando Orión suba por el sureste y todo se vuelva más fácil.