Cada segundo atraviesan un cuerpo humano del orden de cien mil millones de neutrinos procedentes del Sol. Prácticamente ninguno interacciona con nada. Para detener la mitad de un haz de estas partículas haría falta una pared de plomo de un año luz de espesor, y esa cifra explica por sí sola por qué los instrumentos que los estudian no se parecen a ningún otro telescopio.
La solución que se ha impuesto es renunciar a construir el detector y usar en su lugar un volumen de material que ya está ahí. En el Polo Sur ese material es el hielo acumulado durante cientos de miles de años. En el Mediterráneo es el agua a más de tres kilómetros de profundidad. Ambos medios son transparentes, baratos y enormes, y ambos tienen defectos distintos.
Lo que sigue es la comparación entre las dos apuestas: cómo funciona cada una, qué han conseguido y en qué se estorban a sí mismas.
Lo esencial de la comparación
- Lo que se detecta. Nunca el neutrino, sino la luz azulada que emite la partícula cargada que produce al interaccionar.
- El tamaño. Un kilómetro cúbico de medio transparente instrumentado con unos pocos miles de sensores muy separados.
- El hielo. Absorbe poco pero dispersa mucho, y no tiene ruido de fondo propio.
- El agua. Dispersa poco, lo que afina la puntería, pero tiene ruido continuo por sales radiactivas y por organismos luminosos.
- El marcador. El detector polar acumula los resultados astrofísicos; el mediterráneo registró el evento más energético jamás medido.
Una partícula que atraviesa un planeta sin enterarse
El neutrino no tiene carga eléctrica, tiene una masa minúscula y solo participa en la interacción nuclear débil. Eso significa que no ve los campos electromagnéticos y que su probabilidad de chocar con un núcleo atómico es ridículamente pequeña.
Esa indiferencia es a la vez el problema y el atractivo. Un fotón que sale del centro de una galaxia activa se absorbe y se reemite miles de veces antes de escapar, y llega alterado. Un protón de alta energía se desvía por los campos magnéticos galácticos y pierde la dirección de origen. Un neutrino viaja en línea recta desde el punto donde se produjo, sin absorberse y sin desviarse.
Por eso a estos instrumentos se les llama telescopios aunque no tengan óptica ni apunten a ninguna parte. Lo que buscan es información de regiones opacas: el interior de estrellas en colapso, los entornos de agujeros negros supermasivos, las fuentes de los rayos cósmicos de mayor energía.
La contrapartida es la estadística. Un experimento que registra decenas de sucesos astrofísicos al año trabaja con una muestra que en cualquier otra rama de la astronomía se consideraría anecdótica, y eso condiciona todo el tratamiento de los datos.
Qué mide realmente un observatorio de neutrinos
Un observatorio de neutrinos no detecta neutrinos. Detecta la luz que produce la partícula cargada que aparece cuando, muy de vez en cuando, un neutrino sí interacciona con un núcleo del medio.
El mecanismo es la radiación Cherenkov. Cuando una partícula cargada se mueve por un medio a mayor velocidad que la luz en ese mismo medio, emite un frente de luz azulada en un cono de ángulo fijo alrededor de su trayectoria, igual que una lancha rápida deja una estela en forma de uve. Ese cono es lo que registran los sensores.
La geometría del suceso depende del tipo de neutrino. Si es de tipo muónico, produce un muón que puede recorrer kilómetros dejando un rastro largo y recto: es la señal ideal, porque la dirección se reconstruye con precisión. Si es de otro tipo, se genera una cascada de partículas casi puntual, con mucha mejor medida de la energía y mucha peor de la dirección.
Los sensores son módulos ópticos: esferas de vidrio resistentes a la presión que contienen fotomultiplicadores, electrónica de digitalización y calibración. Cada uno mide cuántos fotones llegan y en qué instante, con resolución de nanosegundos. Con los tiempos de llegada a varias decenas de módulos se reconstruye la trayectoria por triangulación.
Por qué hace falta un kilómetro cúbico
El razonamiento es puramente estadístico y se puede hacer con dos números.
El flujo astrofísico de neutrinos de alta energía cae muy deprisa con la energía: cuanto más energética es la partícula, menos hay. Y la probabilidad de interacción, aunque crece con la energía, sigue siendo minúscula. Multiplicando el flujo esperado por esa probabilidad y por el número de núcleos disponibles, se obtiene cuántos sucesos por año registra un detector de un tamaño dado.
Con un volumen de laboratorio, ese número es cero. Con un tanque de decenas de miles de toneladas, como los que se usan para neutrinos solares y de reactor, se detectan las energías bajas pero no las altas, que son las interesantes en astronomía. Para llegar a unos pocos sucesos astrofísicos al año hay que instrumentar del orden de mil millones de toneladas de material, y eso es aproximadamente un kilómetro cúbico de hielo o de agua.
La segunda razón para ese tamaño es la longitud del rastro. Un muón de alta energía recorre varios kilómetros, y para medir bien su dirección conviene verlo a lo largo de un trecho apreciable. Un detector pequeño solo vería un fragmento.
De ahí sale la arquitectura característica: sensores colgados en cadenas verticales, separadas entre sí por más de cien metros y con módulos cada varias decenas de metros. Es un instrumento con muchísimo volumen y muy pocos puntos de medida, exactamente lo contrario de una cámara astronómica.
Hielo antártico: cómo se construyó el detector del polo
El detector polar ocupa un kilómetro cúbico de hielo entre los mil cuatrocientos y los dos mil cuatrocientos cincuenta metros de profundidad, bajo la estación situada en el Polo Sur geográfico. Consta de ochenta y seis cadenas verticales con sesenta módulos ópticos cada una, algo más de cinco mil en total.
La instalación fue una obra de ingeniería más que de física. Cada agujero se abrió con un taladro de agua caliente que fundía el hielo a razón de decenas de metros por hora, consumiendo varios megavatios. Perforar dos kilómetros y medio llevaba en torno a un par de días, y la cadena de sensores había que bajarla antes de que el agujero volviera a congelarse, en cuestión de horas.
Todo el material llegó por avión a la estación polar y solo se pudo trabajar durante los veranos australes, entre noviembre y febrero. El despliegue completo ocupó siete campañas y terminó en diciembre de 2010.
El conjunto incluye un núcleo central con sensores más juntos, que baja el umbral de energía y sirve para estudiar oscilaciones, y una red de tanques en la superficie que detecta las cascadas atmosféricas y permite identificar y descartar los sucesos generados en la propia atmósfera de encima.
Agua mediterránea: dos instalaciones y un mismo diseño

La apuesta europea se reparte en dos emplazamientos con objetivos distintos y con el mismo módulo óptico. Uno está frente a la costa sureste de Sicilia, a unos tres mil quinientos metros de profundidad, y persigue neutrinos astrofísicos de alta energía con cadenas muy separadas. El otro está frente a la costa francesa, a algo menos de dos mil quinientos metros, con una configuración mucho más densa para estudiar oscilaciones a energías bajas.
El módulo óptico es la diferencia técnica más relevante frente al diseño polar. En lugar de un único fotomultiplicador grande, cada esfera contiene treinta y un fotomultiplicadores pequeños repartidos por toda su superficie. Eso da tres ventajas: se sabe por dónde entró la luz en cada esfera, se distingue un fotón aislado de varios simultáneos, y una avería individual apenas afecta.
Las cadenas se despliegan enrolladas en una estructura esférica que se posa en el fondo y se desenrolla al soltarse, subiendo por flotación. Es un procedimiento que permite instalar una línea por campaña de buque en pocas horas, frente a los dos días de perforación del hielo.
A cambio, el agua se mueve. Las corrientes desplazan las cadenas varios metros, así que la posición de cada módulo se mide continuamente con un sistema acústico de balizas. En el hielo, una vez congelado, nada se mueve nunca.
Hielo y agua, comparados en la misma tabla
| Concepto | Hielo antártico | Agua marina profunda |
|---|---|---|
| Dispersión de la luz | alta, por burbujas y capas de polvo | baja |
| Absorción de la luz | baja, recorrido de más de cien metros | moderada, algunas decenas de metros |
| Ruido óptico propio | prácticamente nulo | continuo, por potasio radiactivo y bioluminiscencia |
| Resolución angular en trazas | fracción de grado | mejor, del orden de una décima |
| Estabilidad mecánica | total, el medio se congela alrededor | las cadenas oscilan con la corriente |
| Acceso para reparar | ninguno, es irreversible | posible, con buque y vehículo submarino |
| Instalación | perforación con agua caliente, campañas de verano | despliegue desde buque, todo el año |
| Zona del cielo favorable | hemisferio norte, filtrada por la Tierra | hemisferio sur, incluido el centro galáctico |
La tabla deja claro que no hay un ganador. El hielo cambia precisión angular por ausencia de ruido; el agua hace lo contrario. Y como ambos observan mitades distintas del cielo con sus mejores condiciones, resultan más complementarios que rivales.
El ruido de fondo es distinto en cada medio
El agua de mar contiene potasio, y una fracción minúscula de ese potasio es un isótopo radiactivo cuya desintegración produce electrones capaces de emitir luz Cherenkov. El resultado es un ruido constante en cada fotomultiplicador, del orden de varios miles de cuentas por segundo, que no se puede eliminar porque es propiedad del medio.
A eso se suma la bioluminiscencia. Hay organismos que emiten luz a esas profundidades, unos de forma continua y otros en destellos, y su actividad varía con la estación y con las corrientes. Durante un episodio intenso, la tasa de cuentas puede multiplicarse y dejar parte del detector inutilizable durante minutos.
El diseño con muchos fotomultiplicadores pequeños por módulo es precisamente la respuesta a ese problema. Un suceso real ilumina varios sensores de la misma esfera en coincidencia dentro de unos pocos nanosegundos; el ruido, por definición, no. Exigir coincidencias reduce la tasa de fondo en varios órdenes de magnitud.
El hielo no tiene ninguno de estos problemas. Su ruido es el propio de la electrónica y de la radiactividad del vidrio de las esferas, y es muy bajo. Su defecto está en otra parte: el hielo antártico contiene capas de polvo depositadas en épocas concretas del pasado climático, y esas capas dispersan la luz de forma que depende de la profundidad y de la dirección. Caracterizarlas ha costado años de calibración con fuentes luminosas propias.
Los muones atmosféricos y el truco de mirar hacia abajo
El fondo dominante no viene del medio sino del cielo. Los rayos cósmicos que chocan con la atmósfera producen muones capaces de atravesar kilómetros de hielo o de agua, y llegan al detector en cantidades abrumadoras: por cada neutrino astrofísico se registran del orden de un millón de muones atmosféricos.
La forma clásica de eliminarlos es usar la Tierra como filtro. Un muón no atraviesa el planeta, pero un neutrino sí. Así que se seleccionan únicamente los sucesos cuya trayectoria va de abajo arriba: cualquier partícula que llegue desde el otro lado del globo tiene que ser un neutrino.
Ese criterio funciona muy bien y tiene una consecuencia geográfica inmediata. Para el detector polar, la dirección de abajo arriba corresponde al hemisferio celeste norte. Para los mediterráneos, corresponde al sur, que incluye el centro de nuestra galaxia. Cada instalación tiene su cielo favorable, y por eso interesa tener ambas.
La segunda técnica consiste en seleccionar sucesos cuyo vértice de interacción esté dentro del volumen instrumentado, con capas exteriores actuando de veto. Eso permite recuperar el cielo desfavorable a costa de reducir el volumen útil, y fue el método que hizo posible la primera identificación del flujo astrofísico.
Qué eventos se han identificado hasta ahora

La primera evidencia de un flujo de neutrinos de origen astrofísico llegó en 2013 desde el detector polar, con un puñado de sucesos de energías del orden del petaelectronvoltio que no encajaban con ninguna producción atmosférica. Eso estableció que el cielo emite neutrinos de alta energía, sin identificar todavía ninguna fuente.
El primer candidato a fuente concreta apareció en 2017. Un neutrino de alta energía llegó con una dirección compatible con la de un núcleo galáctico activo que en ese mismo momento estaba en fase de gran actividad, según registraron los telescopios de rayos gamma en órbita, entre ellos el observatorio espacial que opera la agencia estadounidense. La alerta se distribuyó en tiempo real y decenas de instrumentos apuntaron a la misma zona en cuestión de horas.
Después llegó la acumulación estadística. El análisis de años de datos apunta a una galaxia espiral relativamente cercana con un núcleo activo muy oscurecido como emisora estable, un resultado interesante precisamente porque el polvo que la envuelve bloquea la radiación gamma y deja el neutrino como único mensajero disponible.
Y en 2023 se identificó emisión difusa procedente del plano de nuestra propia galaxia, la primera imagen de la Vía Láctea construida con neutrinos. La resolución es pobrísima comparada con cualquier mapa óptico, pero se trata de una radiación que atraviesa el disco entero sin absorberse.
El evento más energético jamás registrado
En febrero de 2025 el detector siciliano registró un muón que atravesó el conjunto casi horizontalmente y dejó una señal compatible con una energía de más de cien petaelectronvoltios. La reconstrucción implica un neutrino de partida de un par de cientos de petaelectronvoltios, entre uno y dos órdenes de magnitud por encima de cualquier cosa detectada antes.
El detalle que más llama la atención es que ocurrió cuando la instalación estaba a una fracción de su tamaño final, con apenas una veintena de cadenas montadas. Tener un suceso así con tan poco volumen instrumentado plantea preguntas estadísticas incómodas: o hubo mucha suerte, o el flujo a esas energías es mayor de lo que sugerían los límites del detector polar.
El origen no está identificado. Se han propuesto fuentes extragalácticas concretas dentro de la región de procedencia y también la posibilidad de que sea un neutrino cosmogénico, producido por la interacción de rayos cósmicos de energía extrema con la radiación de fondo del universo. Esa segunda opción llevaba décadas prevista teóricamente y nunca confirmada.
Como con cualquier suceso único, la interpretación es limitada. Un evento no es un espectro, y hará falta acumular varios antes de poder afirmar nada sobre la población que los produce. Las revisiones periódicas del área que publican los organismos internacionales, incluida la Unión Astronómica Internacional, tratan el asunto con esa cautela.
Lo que ninguno de los dos puede hacer todavía
El primer límite es la estadística. Con unas decenas de sucesos astrofísicos al año, identificar fuentes individuales exige acumular durante años y aceptar significaciones estadísticas modestas. La mayoría de las asociaciones publicadas están en el rango que en otras disciplinas se consideraría indicio y no confirmación.
El segundo es la resolución angular en cascadas. Los sucesos que mejor miden la energía son los que peor miden la dirección, y eso obliga a elegir entre saber cuánta energía traía la partícula o de dónde venía.
El tercero es el rango energético. Por debajo de unas decenas de gigaelectronvoltios estos detectores no son competitivos frente a instalaciones dedicadas, y por encima de unos pocos exaelectronvoltios el volumen necesario es tan grande que se están explorando técnicas completamente distintas, basadas en detectar la señal de radio que emiten las cascadas en el hielo.
La respuesta a los tres es la misma: más volumen. Hay proyectos de ampliación en el Polo Sur para multiplicar por varias veces el kilómetro cúbico actual, además de instalaciones en el lago Baikal, en el Pacífico y en el mar de China. Es la misma dinámica que atraviesa hoy el diseño de los grandes instrumentos astronómicos: la sensibilidad se compra con tamaño, y el tamaño con acuerdos internacionales a veinte años vista, tal y como se ha visto en otras líneas de física fundamental observacional.
Preguntas frecuentes
¿Cómo se sabe que un suceso es astrofísico y no atmosférico?
Por la energía y por la dirección. Los neutrinos producidos en la atmósfera siguen un espectro que cae mucho más deprisa con la energía que el astrofísico, así que por encima de cierto umbral el fondo se vuelve despreciable. Además, los atmosféricos vienen acompañados de muones de la misma cascada, y la ausencia de esos muones acompañantes es un indicio adicional.
¿Se puede saber de qué tipo de neutrino se trata?
Parcialmente, por la geometría de la señal. Una traza larga y recta indica el tipo muónico; una cascada compacta indica los otros dos, sin distinguirlos entre sí salvo en configuraciones muy particulares. Como las oscilaciones mezclan los tres tipos durante el viaje, la proporción esperada en la Tierra es aproximadamente uniforme, y medir desviaciones de esa proporción es una prueba de física fundamental.
¿Por qué no se construyen estos detectores en tierra firme?
Porque haría falta excavar un kilómetro cúbico de roca, sustituirlo por un medio transparente e instrumentarlo, y eso no es asumible ni en coste ni en plazo. El hielo polar y el mar profundo ofrecen ese volumen ya construido, con el blindaje añadido de tener kilómetros de material encima que frenan buena parte del fondo.
¿Qué pasa si se avería un módulo en el hielo?
Se pierde. El hielo se congela alrededor de la cadena y no hay ninguna forma de recuperarla, así que los módulos se diseñan con redundancia y con la expectativa de funcionar veinte años sin mantenimiento. En el mar sí es posible recuperar una línea con un buque, aunque la operación es cara y se reserva para averías importantes.
¿Sirven estos detectores para avisar de una supernova?
Sí, y es una de sus funciones establecidas. Una estrella masiva que colapsa emite un pulso enorme de neutrinos de baja energía que llega horas antes que la luz, porque la luz tiene que abrirse paso a través de las capas exteriores. Los detectores participan en una red internacional de alerta que avisa a los observatorios ópticos para que apunten antes de que el fenómeno sea visible.
Lo que hace interesante esta pareja de instalaciones no es que compitan, sino que sus defectos no coinciden. Un suceso registrado a la vez en el hielo y en el agua tendría la precisión angular de uno y la ausencia de ruido del otro, y ese es exactamente el escenario que ambas colaboraciones llevan años preparando.