Todos los róveres que han trabajado en Marte han rascado la superficie. El más capaz de los que operan hoy extrae testigos cilíndricos de unos siete centímetros; el anterior perforaba cinco. Ninguno ha pasado de ahí.
Esa profundidad tiene un problema conocido desde antes de que se lanzaran: en los primeros centímetros del suelo marciano, la radiación cósmica y los oxidantes del regolito destruyen las moléculas orgánicas complejas en escalas de tiempo geológicamente cortas. Buscar restos de química prebiótica ahí arriba es buscar donde peor se conservan.
El único vehículo diseñado para resolverlo lleva un taladro de dos metros, ha cambiado de socio internacional, de lanzador y de plataforma de aterrizaje, y espera despegar hacia el final de esta década. Este es el argumento científico que lo sostiene y el estado real del programa.
Lo esencial del planteamiento
- La profundidad objetivo. Dos metros, alcanzados por tramos con varillas de extensión, veinte veces más que cualquier perforación marciana anterior.
- La dosis en superficie. Del orden de dos décimas de miligray al día medidas por un rover en el ecuador marciano.
- El otro enemigo. Los percloratos del suelo, que al calentar la muestra queman precisamente lo que se busca.
- El destino. Oxia Planum, un terreno arcilloso de casi cuatro mil millones de años.
- El estado. Lanzamiento previsto en 2028 y llegada en 2030, con plataforma de descenso rehecha desde cero.
Por qué la superficie de Marte destruye lo que se busca

Marte carece de campo magnético global desde hace más de tres mil millones de años y su atmósfera tiene una presión media de unos seis milibares, alrededor del uno por ciento de la terrestre. Esas dos ausencias dejan la superficie expuesta a un flujo de partículas que en la Tierra jamás llega al suelo.
La componente principal son los rayos cósmicos galácticos: núcleos atómicos acelerados a energías enormes en el resto de la galaxia. Al chocar con la atmósfera marciana y con el propio regolito producen cascadas de partículas secundarias que penetran metros bajo la superficie. A eso se suman los episodios de partículas energéticas solares, más intensos y esporádicos.
El instrumento de detección de radiación que viaja en un rover midió durante años la dosis en el ecuador marciano y obtuvo valores del orden de dos décimas de miligray por día. Esa cifra, comparada con la exposición natural en la Tierra, es entre cincuenta y cien veces mayor, y es continua.
Lo que hace la radiación ionizante con una molécula orgánica es romper enlaces. Los modelos publicados a partir de esas medidas indican que aminoácidos situados en los primeros centímetros del suelo se degradarían en escalas del orden de decenas o centenares de millones de años. En una superficie que lleva miles de millones de años quieta, eso equivale a borrar el registro.
Cómo cambia el cálculo a dos metros de profundidad
La atenuación no es lineal ni brusca: depende de cuánta masa hay por encima. Cada metro de regolito marciano añade del orden de ciento cincuenta gramos por centímetro cuadrado de blindaje, y las partículas secundarias van perdiendo energía en las colisiones sucesivas.
En los primeros decímetros ocurre algo contraintuitivo. La dosis no baja de inmediato, porque las cascadas de secundarias generadas por los primarios alcanzan su máximo a cierta profundidad. A partir de ahí sí decae, y a dos metros la tasa es un orden de magnitud o más por debajo de la superficial.
Traducido a tiempo de conservación, la diferencia es la que importa. Los cálculos publicados sitúan la supervivencia de moléculas orgánicas en la superficie en centenares de millones de años y, a dos metros, en escalas comparables a la edad del propio terreno. Es la diferencia entre buscar un registro borrado y uno legible.
Dos metros no es una cifra redonda elegida por comodidad. Es aproximadamente el punto donde la curva de degradación se aplana lo suficiente y, a la vez, el máximo que permite un taladro que tiene que caber, alimentarse y funcionar en un rover de poco más de trescientos kilos. Bajar a cinco metros multiplicaría la masa del sistema sin una ganancia proporcional.
El otro enemigo: los percloratos del suelo
El segundo obstáculo no viene del cielo sino del propio suelo, y se descubrió en 2008 cuando un módulo de aterrizaje en las llanuras del norte analizó el regolito y encontró percloratos en concentraciones del orden del uno por ciento en masa. Análisis posteriores los han confirmado en otras regiones.
Un perclorato es una sal muy oxidante que, en frío, es relativamente inerte. El problema aparece en el laboratorio. La técnica clásica para analizar compuestos orgánicos en una muestra sólida consiste en calentarla hasta que se volatilicen y llevar los gases a un cromatógrafo y un espectrómetro de masas. Al calentar percloratos, estos liberan oxígeno y cloro, que queman la materia orgánica presente y producen compuestos clorados.
Esa es, con toda probabilidad, la explicación de un episodio histórico. Los experimentos de las dos sondas que aterrizaron en Marte en 1976 detectaron trazas de hidrocarburos clorados que en su momento se atribuyeron a contaminación de los disolventes de limpieza. Con lo que se sabe hoy, esas trazas son compatibles con materia orgánica marciana destruida por percloratos durante el propio análisis.
La lección de diseño es directa: hay que analizar sin calentar. El laboratorio del rover europeo incorpora una técnica de desorción por láser, que arranca moléculas de la muestra con un pulso muy breve y las ioniza sin someter el conjunto a temperaturas elevadas, además de un método de derivatización química que estabiliza las moléculas antes del análisis térmico.
Lo que hace el rover Rosalind Franklin y en qué se distingue

El rover Rosalind Franklin es un vehículo de seis ruedas, de algo más de trescientos kilos, alimentado por paneles solares y con unidades de calentamiento por radioisótopos para sobrevivir a las noches marcianas. Su elemento distintivo es el conjunto formado por el taladro y el laboratorio analítico interno.
El taladro perfora por tramos. Una primera varilla alcanza medio metro; después el sistema añade extensiones sucesivas hasta llegar a dos metros. En cada parada puede tomar un testigo de un centímetro de diámetro y unos tres de largo, que se retira, se fotografía, se tritura hasta convertirlo en polvo fino y se distribuye a los instrumentos.
Dentro de la propia punta del taladro va un instrumento que muchos pasan por alto y que es una idea excelente: un espectrómetro de imagen que mira a través de una ventana de zafiro la pared del agujero conforme se perfora. Eso proporciona el contexto estratigráfico, es decir, saber de qué capa procede cada muestra, algo que se pierde en cuanto el material se tritura.
El laboratorio interior reúne tres instrumentos principales: un microscopio hiperespectral en el infrarrojo que examina los granos uno a uno, un espectrómetro Raman desarrollado bajo la dirección de un grupo de la Universidad de Valladolid, que identifica minerales y moléculas por la vibración de sus enlaces, y el analizador de moléculas orgánicas con las dos vías de análisis ya descritas.
Quién decide dónde se perfora
Perforar dos metros no es gratis: consume energía, ocupa varios días marcianos y expone el mecanismo a un desgaste que no se puede reparar. Por eso ninguna campaña empieza clavando el taladro en el primer sitio que parece interesante.
La primera criba la hacen las cámaras. El conjunto de imágenes panorámicas, más el espectrómetro infrarrojo del mástil y una cámara de aproximación capaz de resolver detalles submilimétricos, definen la estratigrafía visible y descartan terrenos sueltos o demasiado rocosos.
La segunda la hace un radar de penetración de suelo montado bajo el vehículo. Emite pulsos en un rango amplio de frecuencias y registra los ecos de las interfaces enterradas hasta unos tres metros, con resolución de pocos centímetros en las capas superiores. Ese perfil dice si hay estratos definidos, si hay bloques que atascarían la broca y a qué profundidad está el contacto entre unidades.
La tercera es un detector de neutrones. El regolito bombardeado por rayos cósmicos emite neutrones cuyo espectro depende de la cantidad de hidrógeno presente, y el hidrógeno en Marte significa hielo o minerales hidratados. Con ese instrumento se localizan los puntos donde hay agua ligada por debajo, que son los candidatos preferentes.
Solo cuando esos tres filtros coinciden se despliega el taladro. El procedimiento completo de una campaña, desde la llegada al lugar hasta el análisis, se ordena así:
- Reconocimiento panorámico y selección de un objetivo dentro del alcance de un desplazamiento corto.
- Barrido con el radar de subsuelo a lo largo de varias trayectorias sobre la zona candidata.
- Colocación del vehículo y despliegue del sistema de perforación en vertical.
- Perforación por tramos, con inspección de la pared del agujero mediante el espectrómetro alojado en la punta.
- Extracción del testigo, fotografía de alta resolución y traslado al interior del vehículo.
- Triturado a polvo fino, reparto a los instrumentos y análisis, incluida la vía de desorción por láser cuando se sospecha presencia de percloratos.
Comparado con lo que ya trabaja en Marte
Poner las profundidades en la misma tabla aclara por qué este vehículo ocupa un hueco que nadie más cubre.
| Vehículo o instrumento | Profundidad alcanzada | Tipo de muestra | Estado |
|---|---|---|---|
| Rover del cráter Gale | unos 5 centímetros | polvo de perforación | operativo |
| Rover del cráter Jezero | unos 7 centímetros | testigo cilíndrico sellado | operativo |
| Sonda térmica de un módulo fijo | unos 40 centímetros | ninguna, medida de flujo de calor | fallida en 2021 |
| Radar de subsuelo de un rover chino | decenas de metros | ninguna, imagen de capas | datos publicados |
| Rover europeo | 2 metros previstos | testigo triturado y analizado a bordo | en preparación |
El caso de la sonda térmica merece una nota, porque es la advertencia más útil de la lista. Aquel instrumento era un penetrador autopercutor que debía enterrarse cinco metros clavándose con un martillo interno, y necesitaba la fricción del suelo circundante para avanzar. El terreno resultó ser una costra endurecida que se abrió alrededor sin agarrar, el aparato rebotó y nunca pasó de unos cuarenta centímetros.
El taladro del rover europeo funciona por rotación con avance mecánico y no depende de la fricción del entorno de la misma manera, pero la lección de fondo se mantiene: el subsuelo marciano no se comporta como los simulantes con los que se ensaya en la Tierra, y la única forma de reducir ese riesgo es probar contra la mayor variedad de materiales posible.
Por qué Oxia Planum y no otro sitio
La elección del lugar de aterrizaje llevó años de análisis y se cerró sobre una lista corta. El terreno elegido es una llanura amplia situada cerca del ecuador, en el borde de una de las cuencas antiguas del hemisferio norte.
Su primer atractivo es la mineralogía. Desde órbita se han identificado extensiones muy amplias de filosilicatos ricos en hierro y magnesio, es decir, arcillas, que solo se forman con agua líquida en contacto prolongado con la roca y a un pH moderado. Las arcillas, además, son buenas conservadoras de materia orgánica porque la adsorben y la protegen.
El segundo es la edad. El terreno se sitúa en torno a los tres mil novecientos millones de años, dentro del periodo en el que Marte tuvo agua estable en superficie. Buscar química prebiótica en un terreno mucho más joven tendría menos sentido.
El tercero es práctico y decide tanto como los anteriores. Un lugar de aterrizaje tiene que ser llano, bajo, sin muchas rocas y accesible con la trayectoria disponible: la altitud baja da más atmósfera para frenar, y la latitud ecuatorial garantiza luz solar suficiente durante todo el año marciano. Buena parte de los sitios científicamente más apetecibles quedan descartados por estos motivos, y forman parte de las dificultades logísticas del planeta.
La limpieza obsesiva del laboratorio interior
Un instrumento que busca moléculas orgánicas marcianas tiene un enemigo evidente: las moléculas orgánicas terrestres. Todo lo que se fabrica en la Tierra está cubierto de ellas, desde lubricantes y adhesivos hasta las huellas dactilares del montaje.
Por eso la cadena de manipulación de muestras se ha construido como una zona ultralimpia dentro del rover, con requisitos de contaminación orgánica extraordinariamente estrictos, esterilización de los componentes y ensamblaje bajo condiciones controladas. El umbral aceptado se cuenta en nanogramos por instrumento.
A eso se suma la protección planetaria en el sentido contrario. Una misión que busca vida en el subsuelo debe garantizar que no lleva consigo microorganismos terrestres viables capaces de contaminar el lugar que va a analizar. Las normas internacionales sitúan este tipo de misión en la categoría más exigente y obligan a esterilizar el hardware que toca la muestra.
Ese requisito tiene consecuencias de ingeniería nada triviales, porque la esterilización por calor daña componentes electrónicos y ópticos, y los métodos alternativos son más lentos y más caros. Es una de las razones por las que un rover astrobiológico cuesta bastante más que uno geológico de prestaciones parecidas, y una de las líneas de trabajo permanentes de la astrobiología como disciplina.
El programa cambió de socio, de lanzador y de plataforma
La historia administrativa de esta misión es tan relevante como la técnica, porque explica por qué un vehículo terminado lleva años esperando.
El rover se desarrolló dentro de un programa conjunto entre la agencia europea y la rusa. El reparto asignaba a Rusia el lanzador y la plataforma de descenso, y a Europa el rover y su carga científica. El lanzamiento estaba previsto para 2022.
La cooperación se interrumpió en marzo de 2022 tras la invasión de Ucrania, y con ella desaparecieron a la vez el cohete y el módulo que debía posar el vehículo en la superficie. No era un retraso: era quedarse sin la mitad de la misión con el hardware europeo ya construido.
La reunión ministerial de finales de 2022 aprobó continuar y financiar la reconstrucción de las piezas perdidas. En 2024 se cerró un acuerdo con la agencia estadounidense por el que esta aporta el servicio de lanzamiento, las unidades de calentamiento por radioisótopos y los motores de frenado de la fase final del descenso, mientras que la nueva plataforma de aterrizaje se desarrolla en Europa. El calendario resultante apunta a un lanzamiento en 2028 y a una llegada en 2030, según los planes publicados por la Agencia Espacial Europea.
Moverse con paneles solares y polvo en suspensión
El vehículo se alimenta de energía solar, y en Marte eso impone un ritmo. La irradiancia media es menos de la mitad de la terrestre por la distancia al Sol, y el polvo atmosférico la reduce todavía más: durante una tormenta regional, la luz que llega al suelo puede caer a una fracción de la habitual durante semanas.
A eso se suma el polvo depositado sobre los propios paneles, que reduce el rendimiento de forma acumulativa. Algunos vehículos anteriores se beneficiaron de rachas de viento que limpiaron las superficies de manera fortuita; ninguna misión puede planificarse contando con eso.
La consecuencia operativa es que una campaña de perforación no se ejecuta de un tirón. Se reparte en varios días marcianos, con jornadas dedicadas a acumular carga en las baterías y otras a perforar. La duración nominal de la misión, del orden de siete meses marcianos, contempla unas pocas campañas completas, no decenas.
Las ruedas también condicionan el ritmo. Son metálicas y flexibles, y el vehículo dispone de un modo de avance que mueve las patas de forma alterna para salir de terrenos blandos, una capacidad que se añadió tras los episodios de róveres anteriores atrapados en arena suelta. Es lento y funciona, que es lo que se pide cuando no hay nadie cerca para empujar.
Qué puede encontrar y qué no podrá demostrar
Conviene ser preciso con el objetivo, porque la expresión buscar vida en Marte se usa con una laxitud que no ayuda a nadie.
Lo que estos instrumentos pueden detectar son moléculas orgánicas y patrones en su distribución. Ciertos rasgos se consideran indicativos de un origen biológico: una preferencia marcada por un tipo de aminoácidos frente a su imagen especular, una distribución de longitudes de cadena de hidrocarburos con preferencia por números pares o impares, un enriquecimiento en un isótopo ligero del carbono.
Ninguno de esos rasgos es una prueba por separado. Todos tienen explicaciones abióticas posibles, y el criterio que la comunidad aplica exige coincidencia de varios indicadores independientes, contexto geológico documentado y descarte de contaminación. Un resultado extraordinario obtenido por un solo instrumento a doscientos millones de kilómetros no cerrará la discusión.
Lo que sí puede aportar es algo más modesto y muy valioso: la primera medida de qué materia orgánica se conserva en el subsuelo marciano y en qué estado. Ese dato falta por completo, condiciona el diseño de todo lo que venga después y es el que determina si la búsqueda tiene sentido continuarla o hay que replantearla, incluida la estrategia de exploración con róveres que la NASA mantiene en paralelo.
Preguntas frecuentes
¿Por qué no perforar más hondo, ya que el equipo va a estar allí?
Porque cada metro adicional multiplica la masa, el consumo y el riesgo de atasco. Un taladro más largo necesita más varillas, más par y una estructura más rígida, y todo eso sale del presupuesto de masa del rover. Además, la curva de protección frente a la radiación se aplana: pasar de dos a cuatro metros gana mucho menos que pasar de veinte centímetros a dos metros.
¿Puede el taladro atascarse y bloquear la misión?
Puede atascarse, y por eso el sistema está diseñado para retirar las varillas y abandonar un agujero problemático. La misión contempla varias campañas de perforación en distintos puntos, precisamente para no depender de un único sondeo. El riesgo real no es perder la misión sino perder un emplazamiento.
¿Qué relación tiene con las muestras que otro rover está recogiendo?
Ninguna operativa: son misiones distintas, de agencias distintas, en lugares distintos. La diferencia de enfoque es que una analiza a bordo lo que perfora en profundidad y la otra sella testigos superficiales para que otra campaña los traiga a la Tierra. Son estrategias complementarias con puntos fuertes opuestos.
¿Sigue siendo válido el rover después de tantos años guardado?
El vehículo se conserva en condiciones controladas y ha pasado por revisiones y actualizaciones. Los elementos que envejecen peor son las baterías, los materiales blandos y algunos componentes electrónicos, que se revisan o se sustituyen. La carga científica se ha mantenido, y algunos instrumentos se han recalibrado.
¿Por qué lleva calentadores nucleares si funciona con paneles solares?
Porque el frío nocturno marciano baja de los ochenta grados bajo cero y mantener la electrónica en su margen de temperatura con energía eléctrica consumiría casi toda la producción diaria. Las unidades de calentamiento por radioisótopos aportan unos pocos vatios térmicos de forma pasiva y constante, sin generar electricidad y sin consumir nada.
La diferencia entre siete centímetros y dos metros parece un detalle de ingeniería y es, en realidad, la diferencia entre analizar un archivo borrado y uno que puede quedar algo legible. Que el único vehículo capaz de comprobarlo lleve casi una década construido y sin lanzar dice bastante sobre dónde están los obstáculos de este campo.