Una sonda lanzada en octubre de 2018 llevará ocho años de viaje cuando frene por fin junto a Mercurio. En ese tiempo habrá recorrido del orden de nueve mil millones de kilómetros para cubrir una separación que, en el momento más favorable, ronda los noventa millones. El rodeo no es un error de planificación: es la forma barata de llegar.
La intuición dice otra cosa. Mercurio está cerca, el Sol tira de todo lo que cae hacia dentro y una nave que se deje ir llega antes. Y llega, en efecto. El problema no es llegar, es a qué velocidad se presenta y qué hace falta para no pasar de largo.
BepiColombo, la misión conjunta de la agencia europea y la japonesa, es el caso mejor documentado de ese problema. Nueve sobrevuelos, dos planetas de por medio, cuatro motores iónicos encendidos durante meses y una fecha de llegada que ya se ha movido una vez. Lo que sigue está montado como preguntas, porque así es exactamente como aparece el asunto cuando alguien abre el calendario de la misión.
Las cifras del viaje
- Lanzamiento. Octubre de 2018, en un Ariane 5 desde el puerto espacial europeo en la Guayana.
- Asistencias gravitatorias. Nueve: una en la Tierra, dos en Venus y seis en el propio Mercurio.
- El obstáculo real. No la distancia, sino los casi cuarenta y ocho kilómetros por segundo a los que Mercurio recorre su órbita.
- Lo que no se puede usar. El frenado con la atmósfera. Mercurio no tiene nada que sirva para eso.
- El reparto final. Dos orbitadores independientes, uno europeo y otro japonés, en órbitas polares muy distintas.
¿Por qué tarda ocho años en llegar a un planeta que está más cerca que Marte?
Porque en mecánica orbital la distancia casi no cuenta. Lo que cuenta es la diferencia de velocidad entre el punto de salida y el punto de llegada, y ahí Mercurio es el destino más caro del sistema solar interior.
La Tierra recorre su órbita a unos treinta kilómetros por segundo. Mercurio, mucho más cerca del Sol, lo hace a una media cercana a los cuarenta y ocho, y como su órbita es marcadamente elíptica esa cifra oscila entre unos treinta y nueve en el punto más alejado y casi cincuenta y nueve en el más próximo al Sol. Una nave que quiera acompañarlo tiene que igualar ese ritmo.
Igualarlo con motores químicos significa cargar propelente, y el propelente pesa. La ecuación del cohete castiga cada kilómetro por segundo adicional de forma exponencial: la masa de salida crece mucho más deprisa que la capacidad de frenado que se compra con ella. Llega un punto en que el lanzador disponible ya no da para el conjunto.
La salida es cambiar propelente por tiempo. Cada sobrevuelo planetario regala un pedazo de esa diferencia de velocidad sin gastar una gota, y a cambio obliga a esperar a que la geometría se repita. Ocho años de viaje son ocho años de cobrar ese descuento a plazos.
¿Qué le pasa a una sonda que se deja caer hacia el Sol?
Que acelera. Al descender por el pozo gravitatorio solar, la energía potencial se convierte en energía cinética, igual que un carro que baja una cuesta. Cuanto más se acerca, más rápido va.
Los números salen redondos y son incómodos. Una trayectoria de transferencia mínima desde la órbita terrestre llega a la distancia de Mercurio moviéndose a algo más de cincuenta y siete kilómetros por segundo respecto al Sol. Mercurio, en ese mismo punto, va a unos cuarenta y ocho. La diferencia, del orden de nueve kilómetros por segundo, es lo que habría que eliminar de golpe para quedarse.
Conviene poner esa cifra en contexto. Es del mismo orden que la que se necesita para poner una carga en órbita terrestre baja desde el suelo, con la diferencia de que aquí no hay lanzador debajo: ese frenado tendría que ejecutarlo la propia sonda con lo que lleve encima.
De ahí sale la frase que se repite en los informes de misión y que suena a exageración sin serlo: entrar en órbita alrededor de Mercurio exige más energía que salir del sistema solar. Un sobrevuelo de los planetas exteriores se paga una vez al despegar; una órbita en Mercurio se paga otra vez al llegar.
¿Qué hace exactamente un sobrevuelo de frenado?
Un sobrevuelo no toca el motor. Lo que hace es intercambiar una cantidad minúscula de momento angular con el planeta, y el planeta es tan grande que no lo nota.
Visto desde el propio planeta, la sonda entra y sale a la misma velocidad: solo cambia de dirección. Visto desde el Sol, ese giro se suma o se resta a la velocidad orbital del planeta. Pasar por detrás del planeta, en el sentido de su marcha, acelera a la sonda. Pasar por delante la frena. Es la misma maniobra con el signo cambiado, y depende únicamente de por qué lado se cruza.
En un viaje hacia dentro se usa la segunda variante una y otra vez. Cada paso por Venus o por Mercurio recorta una fracción de kilómetro por segundo y, de paso, ajusta el periodo orbital de la sonda para que el siguiente encuentro caiga donde tiene que caer. La secuencia entera es un encaje de resonancias, no una lista de citas independientes.
El precio es el calendario. Entre un sobrevuelo y el siguiente hay que esperar a que los dos cuerpos vuelvan a coincidir, y esa espera no se negocia. Por eso una trayectoria de bajo consumo se mide en años y una de alta energía en meses.
¿Cuántas asistencias gravitatorias lleva la misión y en qué orden?

Nueve en total, repartidas en poco más de seis años de crucero. La primera devuelve a la sonda a casa; las dos siguientes la meten en la órbita interior; las seis últimas la frenan contra el propio destino.
| Nº | Cuerpo | Fecha | Para qué sirvió |
|---|---|---|---|
| 1 | Tierra | 10 de abril de 2020 | reducir la energía orbital y encaminar hacia Venus |
| 2 | Venus | 15 de octubre de 2020 | bajar el perihelio hacia la órbita interior |
| 3 | Venus | 10 de agosto de 2021 | ajustar la órbita para el primer encuentro con Mercurio |
| 4 | Mercurio | 1 de octubre de 2021 | primer frenado y primeras imágenes del planeta |
| 5 | Mercurio | 23 de junio de 2022 | segundo frenado |
| 6 | Mercurio | 19 de junio de 2023 | tercer frenado |
| 7 | Mercurio | 4 de septiembre de 2024 | cuarto frenado |
| 8 | Mercurio | 1 de diciembre de 2024 | paso muy bajo, a menos de cincuenta kilómetros de la superficie |
| 9 | Mercurio | 8 de enero de 2025 | último frenado antes del acercamiento definitivo |
Las imágenes tomadas en esos pasos no son un extra decorativo. Las cámaras de vigilancia del módulo de transferencia han ido devolviendo vistas del planeta desde ángulos que ninguna misión anterior cubrió, y varios instrumentos han operado en modo reducido durante los encuentros para calibrarse contra un blanco real antes de empezar el trabajo serio.
¿Por qué no se puede frenar rozando la atmósfera, como en Marte?
Porque en Mercurio no hay atmósfera en el sentido útil de la palabra. Lo que rodea al planeta es una exosfera ligadísima, formada por átomos arrancados de la superficie por el viento solar y los micrometeoritos, con una densidad tan baja que las partículas casi nunca chocan entre sí.
Eso elimina de un plumazo la técnica que ha ahorrado toneladas de propelente en otros destinos. En Marte y en Venus, varios orbitadores han entrado en una órbita muy elíptica con una maniobra modesta y después han ido rozando la parte alta de la atmósfera durante meses hasta circularizar la órbita casi gratis. Es lento, exige vigilancia continua y desgasta los paneles, pero funciona.
En Mercurio no hay nada contra lo que rozar. Todo el frenado tiene que salir de dos sitios: de la gravedad de otros cuerpos, que es lo que hacen los nueve sobrevuelos, o de los motores de la propia nave.
Hay un tercer factor, y es peculiar de este destino: la gravedad del Sol. Muy cerca del planeta, la atracción solar deja de ser un fondo constante y se convierte en una perturbación aprovechable, y eso abre una vía de captura que en otros sitios no existe. Sobre esa vía se apoya el plan de llegada.
¿Para qué sirven los motores iónicos si empujan tan poco?

El módulo de transferencia lleva cuatro motores iónicos de rejilla. Cada uno entrega, a plena potencia, algo menos de ciento cincuenta milinewton: el peso que tendrían quince gramos en la mano. Normalmente funcionan uno o dos a la vez, no los cuatro.
Con ese empuje no se despega de ningún sitio. Lo que se hace es encenderlos durante semanas seguidas, en arcos de empuje programados que se cuentan por miles de horas a lo largo del crucero. Un acelerón imperceptible mantenido durante un mes acumula un cambio de velocidad que un motor químico solo daría quemando mucha más masa.
Ahí está la ventaja. El impulso específico de un motor iónico de este tipo ronda los cuatro mil segundos, frente a los poco más de trescientos de un motor químico convencional. En términos prácticos, mueve la misma cantidad de velocidad con del orden de diez veces menos propelente. La sonda partió con unos cuatro mil kilos en total y del orden de media tonelada de xenón.
La contrapartida es la electricidad. Esos motores consumen kilovatios, y los kilovatios salen de unos paneles solares de más de treinta metros de envergadura desplegados. Cerca del Sol la energía sobra, y precisamente por eso aparece el problema siguiente.
¿Cuánto complica el calor la forma de volar?
Mucho más de lo que se suele contar. A la distancia de Mercurio, la radiación solar es entre seis y once veces más intensa que en la órbita terrestre, según el punto de la órbita elíptica en que se encuentre el planeta.
Los paneles solares se convierten así en un problema en lugar de en un recurso. Si se orientan de frente al Sol se sobrecalientan y se degradan, de modo que hay que mantenerlos inclinados en un ángulo que sacrifica buena parte de su capacidad teórica. La gestión de esa inclinación es una tarea diaria del control de misión, no un ajuste que se deja fijo.
El planeta añade su propia contribución. La superficie iluminada de Mercurio supera los cuatrocientos grados y radia ese calor hacia arriba, así que un orbitador bajo recibe fuego por los dos lados. El orbitador europeo lleva un radiador en un costado y su actitud está diseñada para que esa cara nunca quede mirando la parte más caliente durante demasiado tiempo.
El orbitador japonés resuelve lo mismo por otra vía: gira sobre sí mismo, de modo que ninguna cara acumula calor. Durante el crucero viaja además protegido por una pantalla térmica que se desecha en el momento de la separación.
¿Por qué se retrasó un año la llegada?
Por un problema eléctrico en la alimentación de los motores iónicos, detectado en la primavera de 2024. El módulo de transferencia dejó de entregar el empuje previsto, y aunque las operaciones recuperaron una parte, no se volvió al rendimiento original.
Un déficit de empuje en una trayectoria de bajo consumo no se compensa apretando el acelerador. Obliga a rehacer el encaje entero de sobrevuelos y arcos de empuje, porque cada encuentro depende de llegar a un punto concreto en un instante concreto. El equipo de dinámica de vuelo replanteó la secuencia durante el verano de aquel año.
El resultado fue una trayectoria alternativa con la misma llegada, pero once meses más tarde: la inserción pasó de diciembre de 2025 a finales de 2026. La ciencia planificada se mantiene; lo que cambia es cuándo empieza.
Merece la pena señalar lo que este episodio enseña sobre la arquitectura elegida. Una misión con margen apretado y nueve citas encadenadas es eficiente, y también frágil: cualquier pérdida de capacidad se paga en años, no en semanas. Es el reverso de haber ahorrado propelente.
¿Cuándo entra BepiColombo en órbita de Mercurio y qué ocurre ese día?
La inserción está programada para finales de 2026, y la secuencia es tan poco espectacular como decisiva. Antes de la captura, el módulo de transferencia se separa y se abandona: ha cumplido su función y su masa ya solo estorba.
A partir de ahí manda la propulsión química del orbitador europeo, que es el que lleva el resto del conjunto acoplado. La captura no se ejecuta como un frenazo único contra el planeta, sino aprovechando la región en la que la atracción del Sol y la de Mercurio se equilibran. Aproximándose por ahí, con la geometría correcta, la sonda queda ligada al planeta con un impulso mucho menor que el de una captura directa.
Después llega una fase de descenso escalonado. El conjunto va rebajando su órbita en varias maniobras, el orbitador japonés se libera en la suya, la pantalla térmica se desecha y el orbitador europeo continúa bajando hasta su altura de trabajo. Ese proceso ocupa semanas.
No hay segunda oportunidad en la práctica. La ventana de aproximación depende de una geometría que no se repite pronto y el presupuesto de propelente está dimensionado para un intento. Es la parte del viaje en la que ocho años se juegan en unas horas.
¿En qué órbitas acaban los dos orbitadores y por qué son distintas?
Porque miden cosas distintas y esas cosas no están en el mismo sitio. Uno tiene que acercarse a la superficie; el otro necesita alejarse para atravesar la magnetosfera.
| Orbitador | Órbita prevista | Periodo | Qué persigue |
|---|---|---|---|
| Europeo, estabilizado en tres ejes | polar, del orden de 480 por 1.500 km | algo más de dos horas | superficie, composición, campo gravitatorio, interior |
| Japonés, estabilizado por giro | polar, del orden de 590 por 11.600 km | alrededor de nueve horas | campo magnético, plasma, exosfera, viento solar |
La órbita baja permite resolver detalle en el terreno y medir con precisión las irregularidades del campo gravitatorio, que es la forma indirecta de mirar el interior de un planeta. Mercurio tiene un núcleo desproporcionadamente grande para su tamaño y esa anomalía sigue sin explicación cerrada.
La órbita alta hace lo contrario: cruza la magnetosfera de lado a lado y muestrea la frontera con el viento solar. Mercurio es el único planeta rocoso además de la Tierra con campo magnético propio generado en su interior, y es lo bastante débil como para que el viento solar lo comprima hasta casi tocar la superficie. Medir esa interacción desde dos puntos a la vez, uno cerca y otro lejos, es la razón de que la misión lleve dos naves y no una.
¿Cómo lo resolvieron las dos misiones anteriores?
Solo dos sondas han estado antes en Mercurio, y cada una eligió una vía distinta ante el mismo obstáculo.
La primera, a mediados de los años setenta, ni siquiera intentó quedarse. Usó un sobrevuelo de Venus para bajar su órbita y luego se colocó en un periodo que era exactamente el doble del de Mercurio, de modo que se reencontraba con el planeta cada dos vueltas. Consiguió tres pasadas antes de quedarse sin gas de control de actitud. Fue, además, la primera vez que se empleó la gravedad de un planeta para alcanzar otro, una técnica que hoy está en casi todas las misiones interplanetarias de largo recorrido.
La segunda, lanzada en 2004, sí entró en órbita, y lo hizo por la fuerza bruta. Encadenó un sobrevuelo terrestre, dos de Venus y tres de Mercurio a lo largo de seis años y medio, y aun así tuvo que ejecutar un frenado químico considerable: más de la mitad de su masa de lanzamiento era propelente. Su órbita inicial fue muy elíptica, con el punto bajo sobre el hemisferio norte, precisamente para pasar poco tiempo cerca del terreno caliente.
BepiColombo cambia esa ecuación por la propulsión eléctrica y por seis sobrevuelos del propio Mercurio en lugar de tres. Paga más años de crucero y, a cambio, llega con margen para poner dos naves en dos órbitas y no una en una sola.
¿Se podría llegar antes con otra propulsión?
Se podría llegar antes, pero no gratis, y la física de fondo no se mueve: los nueve kilómetros por segundo de diferencia siguen ahí y alguien tiene que pagarlos.
Con más potencia eléctrica disponible, los arcos de empuje serían más agresivos y el crucero se acortaría. El límite es el generador: cerca del Sol la energía solar abunda, así que la restricción no es la fuente sino la masa de paneles, radiadores y electrónica que hay que llevar para manejar esos kilovatios sin cocerse.
Un sistema eléctrico alimentado por un reactor cambiaría el planteamiento por completo, con potencias imposibles de obtener con paneles a distancias grandes. No existe hoy ninguno cualificado para vuelo, y el debate sobre la propulsión nuclear aplicada al espacio lleva décadas moviéndose entre estudios y prototipos de banco.
Queda la vía química directa: un lanzador enorme, una sonda pequeña y una relación de masas absurda. Es viable sobre el papel para una carga científica mínima, y deja de serlo en cuanto se pide un orbitador con instrumentos de verdad. Mientras tanto, la fórmula que funciona es la que se está usando, y depende por completo de que dos agencias sostengan el mismo programa durante más de una década, algo que solo se logra con acuerdos internacionales de largo plazo. La documentación pública del programa está repartida entre la Agencia Espacial Europea y su socia japonesa, la agencia nipona, que operan cada una su propio orbitador.
Preguntas frecuentes
¿Por qué la misión lleva dos orbitadores separados?
Porque las medidas que interesan están en dos regiones que no se pueden cubrir con una sola órbita. Un planeta con campo magnético propio y magnetosfera comprimida exige muestrear a la vez lo que ocurre junto a la superficie y lo que ocurre a miles de kilómetros. Dos naves separadas resuelven en una campaña lo que una sola tardaría años en aproximar.
¿Qué ocurre con el módulo de transferencia al final?
Se desecha antes de la captura y queda en órbita alrededor del Sol. No lleva instrumentos científicos propios más allá de sus cámaras de vigilancia, y su masa, una vez agotado el xenón, solo penalizaría las maniobras de inserción.
¿Ha tomado datos científicos durante el crucero?
Sí, aunque con limitaciones. Buena parte de los instrumentos del orbitador europeo viaja mirando hacia el módulo de transferencia y no puede apuntar libremente hasta la separación. En los sobrevuelos han operado los que sí tenían campo despejado, sobre todo magnetómetros, detectores de partículas y las cámaras de vigilancia, lo que ha permitido calibrarlos contra un blanco real.
¿Cuánto durará la misión una vez en órbita?
El plan nominal ronda un año terrestre de operaciones, con una prórroga de duración parecida ya contemplada en el diseño. Lo que acaba mandando en un entorno así es el desgaste térmico de los paneles y de los radiadores, más que el propelente restante.
¿Por qué no se envió simplemente una sonda de sobrevuelo, más barata?
Porque las preguntas abiertas exigen tiempo sobre el planeta. Un sobrevuelo devuelve imágenes de una franja y un instante; medir el campo gravitatorio, seguir la evolución de la exosfera o registrar cómo responde la magnetosfera al viento solar necesita meses de órbita. Eso ya se hizo hace cincuenta años y el resultado fue precisamente la lista de preguntas que ahora se intenta cerrar.
Ocho años y nueve sobrevuelos para un planeta que se ve a simple vista desde cualquier ciudad al amanecer. La desproporción resume bien cómo funciona el sistema solar: lo que decide el coste de un viaje no es dónde está el destino, sino a qué velocidad se mueve cuando uno llega.